UN HOMBRE CUALQUIERA

UN HOMBRE CUALQUIERA

domingo, 3 de diciembre de 2017

Lo motorizado de la ilusión

Un hombre cualquiera piensa que todas las primeras citas deberían ser a ciegas, porque son las únicas que te permiten ver más allá de la primera impresión.

De hecho, la ONCE debería patrocinar primeras citas totalmente a ciegas, cómo en la película “Cuestión de tiempo”. Sin duda serían, paradójicamente, la única manera de ver el interior sin deslumbrarse ante los oasis de cartón pluma o, banalizar la complicada estructura de la maleza que esconde un tesoro oculto. Todo ello, para descubrir, detalladamente, el interior de un perfecto desconocido como si lo conocieras de toda la vida. Esta cita a ciegas obviaría la vista y reduciría la factura de la luz, en favor del olfato, la conversación y, por encima de todo, la imaginación. Al fin y al cabo, la juventud de la fachada nace derrotada ante la eternidad del alma.

La lectura de una historia o una narración radiofónica ayudan a entender la importancia de la imaginación. El mismo mensaje leído o escuchado se materializa en tantas formas como tantos lectores u oyentes alcance. Así, la imaginación alimenta la ilusión, como motor fundamental para avanzar hacia el futuro. 


Y así un hombre cualquiera gusta de escuchar con los ojos cerrados a una soñadora en pijama para descubrir lo que la miopía no enfoca.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Lo alumbrado de la ilusión

Un hombre cualquiera se queda parado en mitad de la acera, a la hora indicada, para no perderse el encendido navideño.

A seis metros sobre los adoquines, Teresa, a oscuras junto a la ventana del salón, mira sin ver el trasiego de la calle. De repente se descubre en el reflejo del cristal sobre el que posa su mirada que pasa de la abstracción al detalle. El ajado maquillaje de primera hora deja entrever su ojo morado y los moratones de la espalda vuelven a molestarle. Comienza a remitir el efecto del calmante. El fluorescente de la cocina hace un quiebro que reduce el haz de luz que se filtraba por el pasillo. Al recuperarse la intensidad, la luminosidad se queda oculta, bajo el quicio de la puerta, por la presencia del monstruo.

Una lágrima furtiva le surca el rostro, mientras traga saliva sin moverse un ápice de su posición. A su espalda siente aquel peculiar olor y hasta el imperceptible sonido de su respiración desacompasada. Entonces, cierra los ojos como impulso para enfrentarse a él, pero sólo se le proyectan imágenes de los escasos buenos momentos vividos junto a él. Será la conciencia cristiana. Justo cuando decide darse la vuelta, una ráfaga de luz inunda el salón y ahoga al monstruo en las tinieblas. El encendido navideño le arroja luz sobre su ilusionante nueva vida. Una semana después de la orden de alejamiento la culpa ha comenzado a mudarse, ha descubierto nuevos canales en el mando a distancia y ha dejado de tomar las pastillas para no soñar.


Y así un hombre cualquiera aprende que, además del reclamo comercial del alumbrado, se encienden las ilusiones.