Un hombre cualquiera prepara las uvas en un cuenco para tenerlo listo en la medianoche.
El reflejo del cristal le devuelve una icónica imagen de cada mes que deposita. En la cinéfila premonición que se proyecta con cada fruto van apareciendo caras conocidas y futuros rostros familiares, que ahora son totalmente desconocidos. Aparecen hogares de siempre y lugares donde ahora solo hay dragones. Hay maletas recién hechas, comidas humeantes sobre la encimera y soleados horizontes iluminando el camino. Alguna uva se resiste y entonces aparecen lágrimas, ceños fruncidos y abrazos reconfortantes.
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| Presente, Susana Paredes |
Un rayo de sol crea una ansiotropia al adentrarse furtivo por la ventana la luz del invierno. Un veraniego calor ilumina las manos al llegar a junio. Las imágenes huelen a cerezas, se colorean de carmesí y las velas encienden los recuerdos. Las siguientes uvas chapotean entre playas, piscinas y ríos… antes que el olor a libros recién comprados, el sonido de la cremallera de la mochila y los reencuentros con los amigos alcancen el calendario. Las última uvas se escapan de los dedos casi sin darnos cuenta. Cómo hojas secas cayendo de los árboles, como castañas percutiendo en el tambor y, sin darnos cuenta, las calles vuelven encenderse de luces y adornos.
Y así un hombre cualquiera se aferra al presente por vivir un ¡Feliz 2026!

