domingo, 14 de septiembre de 2025

Lo singular del ahora

Un hombre cualquiera dibuja unos puntos suspensivos para suturar con un intenso hilo argumental.

Un instante mientras los turistas se van… y las primeras luces de la noche se reflejan en charcos, brindis y pupilas. De hecho, la mirada directa de Jane al tungsteno amplia su iris de color caramelo, hasta convertir su pupila en un punto y aparte. Y nadie mejor que ella para reescribir su propio futuro en presente de indicativo. Más fácil de conjugar, sin jugar, al menos, con ciertas complicaciones. Así es como retoma la primera persona del singular, tras una pluralidad de pesados pasados. Un ahora, sin frases fingidas, ni dictados llenos de erratas. Parpadea para salir de su ensimismamiento colgado de la guirnalda de luces. Sentada en la terraza, vuelve a la realidad y se observa en las ventanas de la taberna. Y, entonces, advierte el brillo en su anular derecho al elevar la botella hacia sus labios. Su sed se espera y la botella retorna al posavasos de Guinness. Unos segundos eternos. Logra desencajar el anillo, que despliega un álbum de recuerdos en su memoria. Al liberar aquellos gramos de su dedo, un suspiro le confirma las toneladas que se quita de encima La madera de la mesa arañada de iniciales, corazones y fechas recibe extrañada un anillo huérfano de promesas. Al volver a coger la cerveza, la bocina de un taxi con la luz amarilla sobre su techo le asusta. La botella golpea al anillo. El anillo se precipita de la mesa. Y el efecto dominó desemboca en una alcantarilla sin vuelta, ni retorno.

"Instante", A. Arias Gallego

Un instante mientras los turistas se van… y las últimas luces del día se enredan en el arrebol entre naranjas, púrpuras y rojizos. De hecho, la mirada de Helen se pierde en la ciudad que le rodea a los pies de The Shard. El horizonte se enviuda, la esperanza se pierde y el final se confirma. Así es como retoma la primera persona del singular, tras una pluralidad latente que colapsa en paro cardíaco. Un ahora, cautivo de recuerdos y exento de contigos contiguos. La inmensidad de un mar urbano le convierte en náufraga al deshacerse de su salvavidas dorado, que instintivamente lo convierte en una suerte de mirilla con la que buscar dentro del vacío. La creciente oscuridad consigue un efecto óptico que por unos instantes borra los márgenes de su visor. La más absoluta soledad le remueve por sus adentros. Las luces del despacho titubean certeramente para abandonarla entre sombras. Asustada pierde la fricción de las yemas de sus dedos y una secuencia de mortales perfectos clava su anillo en el fondo de la papelera. Ni siquiera intenta otear el punto y final a sus pies. El portazo al salir de su despacho resonó con la contundencia de la contraportada contra la última página de un libro, que jamás volverá a abandonar la estantería de la biblioteca.

Y así un hombre cualquiera hila los puntos que argumentan lo dibujado entre la hoja y el tintero.

martes, 2 de septiembre de 2025

Lo enraizado de las postales

Un hombre cualquiera fotografia postales de verano para abrigarse ante la llegada del invierno.

Era un pueblo con mar, ni siquiera había habido concierto, y nadie reinaba tras la muralla. Los rayos del mediodía iluminaban las postrimerías del verano, la brisa recorría las calles con un salado sabor marino y los adoquines huérfanos de turistas esperaban las primeras lluvias para reflejar la cotidianidad de la vida. Y en medio de todo está ella. Ella no es turista, ni propia ni extraña, simplemente es siempre ella. Ella era de allí, cuando la infancia le recibía con la colorida vistosidad de las plumas reales. Ella es de allá, cuando la madurez le convierte en embajadora de los amigos que trae de ultramar para enseñarles sus raíces. Ella será de donde quiera, cuando los años atesoren más recuerdos, anécdotas y tiempo.

"Postal", un hombre cualquiera

En esta instantánea, las calles se cruzan para encontrar nuevos caminos y las placas evocan otros lugares en la memoria. Aquí Sol no resuena con campanadas, pero se dispone en un extenso racimo que callejea sin emplazarse nunca. Aquí Atocha no resuena con trenes, pero se convierte en “cruceiro” de caminos cuando se habita de meninas. Aquí las Armas no se abrigan de palacios y almudenas, pero se abrazan con consistorios y carmenes. Aquí España no rasca los cielos con arquitecturas vertiginosas, pero llena su “Ucha” con fachadas y chapiteles modernistas que decoran y colorean el callejero. Aquí Callao no sirve café americano y muffins de importación, pero te despierta con café de Amador y churros de Bonilla. Aquí ella es de allí y allí ella es de aquí, la contradicción del exiliado que siempre está a camino entre sus raíces y sus esquejes.

Y así un hombre cualquiera inmortaliza los momentos que fueron presente para almacenar la felicidad que será reminiscencia.