Un hombre cualquiera se despierta en mitad de la madrugada tras un sueño que olvidó nada más abrir los ojos…
Al salir de la habitación nota una abrigada sensación y un peso acolchado sobre el hombro. Al llegar a mitad del pasillo, el espejo le devuelve un mágico reflejo. ¡Sorpresa! La lamparita de tortuga de Tiffany le ilumina en mitad de la oscuridad. A este lado del espejo, no está el Sombrerero Loco, sino el mismísimo Papá Noel. El mismo que viste y calza y destaca por su barba. Al hombro los regalos perfectamente envueltos y con su etiqueta a nombre del receptor.
![]() |
| Laponia, un hombre cualquiera |
Una luz tenue marca el camino de baldosas de madera del parqué hasta el salón. La luminosidad del árbol va creciendo a medida que los pasos van acercándose. De hecho la magia impregna todo lo que toca, incluso la tablilla que traquetea en el suelo no resuena al pisarla. A los pies de las zapatillas, la huella de los regalos van marcando los recuerdos que quedarán en la memoria a partir del amanecer. Tras realizar la labor encomendada, un pequeño descanso en el sofá y un avituallamiento de leche y polvorones. De devuelta a la cama, el pijama ha vuelto a vestirle y la barba deja de blanquear (tanto). Al cerrar la puerta de la habitación la oscuridad aguarda la sorpresa hasta el amanecer, como el papel de envolver esconde a los regalos.
Y así un hombre cualquiera recupera el sueño olvidado en aquel taller de juguetes de Laponia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario