Un hombre cualquiera disfruta al observar los pequeños detalles imprevistos de la ciudad.
El último día del horario de verano es casi en noviembre, no es el cambio climático; es la normativa que los gobiernos han ido imponiendo sobre el cambio de hora. Una conjunción con la globalización, que ha creado una vida estándar de vestimentas, ocios y músicas, que parece haber creado un clima común con días desordenados de frío y sol, de lluvia y calor. Sin sentido, ni calendario. A escasos metros sobre el asfalto ajeno a los cambios de horarios, Gato observa un día de la marmota con humanos yendo y viniendo sin ton, ni son. Los ve amanecer, crecer y envejecer inconsciente de la levedad de sus propias siete vidas. Sin embargo, su dueña turca, Çigdem, le otorga una vida menos según la creencia de su cultura materna.
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| Madrileño de exportación, un hombre cualquiera |
De hecho, al mudarse a Madrid, lo primero que hizo Çigdem fue colocar las mosquiteras para evitar un accidente de Gato por su vida de menos o sus vidas de menos… Con más razón al conocer la nacionalidad de su vecino. Micerinos, un felino egipcio sin un pelo de tonto, que se pavonea al exhibir sus nueve vidas, creencia extendida en los lejanos tiempos de los faraones, desde la ventana de enfrente. Ambos se miran recelosos y altivos, hasta que aparece, por la acera un par de plantas por debajo, el dogo argentino, Pibe, de la manzana de al lado. Entonces el pelaje se eriza, más en un caso que en otro. La impostura se agazapa sobre el alféizar. Y la soberbia felina se desmorona de un zarpazo. Y al final los sentimientos compartidos homogenizan más que la globalización capitalista…
Y así un hombre cualquiera detalla los imprevistos que construyen una ciudad.
