sábado, 31 de octubre de 2026

Lo reflejado de Delacroix

Un hombre cualquiera lee sobre la acampada de la vivienda de Madrid, las movilizaciones de los jóvenes serbios contra la corrupción, las protestas belgas contra el deterioro educativo o las acciones de los estudiantes griegos contra la carestía de la vida.

El viejo continente hierve por la savia nueva, a la que le impiden fluir entre la estructurada madeja de herencias y patrones. Y como siempre, Francia a las calles. Una genética revolucionaria y una actitud resiliente. Un savoir faire innato. El aleteo de unos profesores en el Creteil pueden hacer arder al poder de la comuna de Limoges. Y como siempre, Francia a las calles. La construcción ciudadana frente al absolutismo, el movimiento trabajador frente a la explotación, la significación proletaria frente al fascismo, la inflexión sociocultural frente al tradicionalismo y hasta el bienestar reclamado frente al neoliberalismo. Y como siempre, Francia a las calles.

Y allí en la plaza de la República, un mar de bullicio salpica la pétrea estoicidad de la Libertad, la Fraternidad y la Legalidad. Gritos, quejas y pitidos pican el oleaje sobre los adoquines parisinos. Y el azabache esculpido sobre el pedestal se viste de reivindicación. Sin mangas para mostrar músculo y con amarillo para mostrar lucha. Entonces, la genética revolucionaria se erizó de humanidad y la actitud resiliente palpitó bajo el bronce. Dos siglos después, el lienzo de Delacroix encontró su reflejo, una vez más, en el callejero de París frente a las sombras de un nuevo Versalles, ahora llamado Elíseo. Mientras tanto, la República, acompañada por los de abajo, se dirige hacia una urna, con cuidado de no lastimarse con el cortante filo de una papeleta, con alma de guillotina.

Y así un hombre cualquiera encuentra la línea de puntos que une las flaquezas de Europa.

domingo, 25 de octubre de 2026

Lo felino de los sentimientos

Un hombre cualquiera disfruta al observar los pequeños detalles imprevistos de la ciudad. 

El último día del horario de verano es casi en noviembre, no es el cambio climático; es la normativa que los gobiernos han ido imponiendo sobre el cambio de hora. Una conjunción con la globalización, que ha creado una vida estándar de vestimentas, ocios y músicas, que parece haber creado un clima común con días desordenados de frío y sol, de lluvia y calor. Sin sentido, ni calendario. A escasos metros sobre el asfalto ajeno a los cambios de horarios, Gato observa un día de la marmota con humanos yendo y viniendo sin ton, ni son. Los ve amanecer, crecer y envejecer inconsciente de la levedad de sus propias siete vidas. Sin embargo, su dueña turca, Çigdem, le otorga una vida menos según la creencia de su cultura materna.

Madrileño de exportación, un hombre cualquiera 

De hecho, al mudarse a Madrid, lo primero que hizo Çigdem fue colocar las mosquiteras para evitar un accidente de Gato por su vida de menos o sus vidas de menos… Con más razón al conocer la nacionalidad de su vecino. Micerinos, un felino egipcio sin un pelo de tonto, que se pavonea al exhibir sus nueve vidas, creencia extendida en los lejanos tiempos de los faraones, desde la ventana de enfrente. Ambos se miran recelosos y altivos, hasta que aparece, por la acera un par de plantas por debajo, el dogo argentino, Pibe, de la manzana de al lado. Entonces el pelaje se eriza, más en un caso que en otro. La impostura se agazapa sobre el alféizar. Y la soberbia felina se desmorona de un zarpazo. Y al final los sentimientos compartidos homogenizan más que la globalización capitalista…

Y así un hombre cualquiera detalla los imprevistos que construyen una ciudad.