Un hombre cualquiera lee sobre la acampada de la vivienda de Madrid, las movilizaciones de los jóvenes serbios contra la corrupción, las protestas belgas contra el deterioro educativo o las acciones de los estudiantes griegos contra la carestía de la vida.
El viejo continente hierve por la savia nueva, a la que le impiden fluir entre la estructurada madeja de herencias y patrones. Y como siempre, Francia a las calles. Una genética revolucionaria y una actitud resiliente. Un savoir faire innato. El aleteo de unos profesores en el Creteil pueden hacer arder al poder de la comuna de Limoges. Y como siempre, Francia a las calles. La construcción ciudadana frente al absolutismo, el movimiento trabajador frente a la explotación, la significación proletaria frente al fascismo, la inflexión sociocultural frente al tradicionalismo y hasta el bienestar reclamado frente al neoliberalismo. Y como siempre, Francia a las calles.
Y allí en la plaza de la República, un mar de bullicio salpica la pétrea estoicidad de la Libertad, la Fraternidad y la Legalidad. Gritos, quejas y pitidos pican el oleaje sobre los adoquines parisinos. Y el azabache esculpido sobre el pedestal se viste de reivindicación. Sin mangas para mostrar músculo y con amarillo para mostrar lucha. Entonces, la genética revolucionaria se erizó de humanidad y la actitud resiliente palpitó bajo el bronce. Dos siglos después, el lienzo de Delacroix encontró su reflejo, una vez más, en el callejero de París frente a las sombras de un nuevo Versalles, ahora llamado Elíseo. Mientras tanto, la República, acompañada por los de abajo, se dirige hacia una urna, con cuidado de no lastimarse con el cortante filo de una papeleta, con alma de guillotina.
Y así un hombre cualquiera encuentra la línea de puntos que une las flaquezas de Europa.
