Un hombre cualquiera descubre que ha llegado a la tarde del viernes.
La tarde del viernes es sentarse en el sofá a sumergirse en los recuerdos del álbum de bitácoras. La tarde del viernes es revisar una película con manta y palomitas. La tarde del viernes es desabrocharse el reloj durante todo un fin de semana. La tarde del viernes es improvisar planes sin la rigidez de la agenda. La tarde del viernes es estrenar recuerdos para inmortalizar la vida. La tarde del viernes es desgañitarse en el karaoke para bailar hasta el amanecer.
La tarde del viernes es un atardecer para buscar aventuras a la luz de las farolas. La tarde del viernes es besarse al acompasado eco de nuestros sístoles y diástoles. La tarde del viernes es el horneado de una tarta de queso que perfuma a hogar. La tarde del viernes es un paseo sin brújula, ni mapa acariciando el adoquinado con nuestras huellas. La tarde del viernes es, sin duda, la soñadora en pijama con los labios carmesí, la melena al viento y la sonrisa por bandera.
Y así un hombre cualquiera espera deseoso la celebración del 14 de febrero, como si fuera la tarde del viernes.
