Un hombre cualquiera encuentra un libro abandonado en un banco del Retiro.
La vergüenza inicial obvia la presencia del objeto. Algún reojo furtivo descubre el color del lomo y alguna pincelada de la portada. Después… una mirada indiscreta examina más profundamente la existencia de la inscripción del título. Un vistazo alrededor confirma la inexistencia de espías a la vista y con un movimiento sutil… se acerca al libro para mejorar su perspectiva miope y cotillear con mejor visión. Los borrones iniciales van tomando forma pasando del impresionismo al clasicismo. Las manchas blancas se confirman en nubes sobre el azul, la estructura en perspectiva se define en un muelle con un faro al fondo y el azul del cielo muta en salado oleaje con un imponente barco partiendo al horizonte. El enfoque mejora considerablemente y el título se descubre definido y claro: ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne.
Sin pensarlo toma el pasaje y parte cómodamente sentado en su asiento. Ya sin remilgos, ni censuras abre la primera página y el sol de la mañana empieza a nublarse. La temperatura pierde grados, la luz se filtra británica y el ambiente londinense lo embriaga todo. La lectura se va abanicando con cada página y la brisa aligera el viaje capítulo a capítulo. Los personajes van y vienen en humeantes trenes, en flotantes barcos y en ingrávidos globos. El trajín le despeina como lector y coloca la chistera para ganar elegancia y adentrarse en la historia. El corazón se le acelera por las prisas y la boca se le abre al aparecer aquel elefante de la misma India. En un instante saca el reloj de bolsillo para comprobar el tiempo y atemperar el bolsillo con el tiempo en su mano. Pero algo se adelanta. Las campanadas del Big Ben. Phileas Fogg mete el libro en su chaquetón y sale corriendo de Green Park hacia el Reform Club.
Y así un Phileas Fogg vuelve victorioso de su hazaña y se sienta en un banco Green Park, justo a su lado se encuentra un libro.