martes, 18 de agosto de 2026

Lo eterno de la poesía

Un hombre cualquiera acude en solemne cortejo por la empedrada villa y corte.

Volver a pasear entre las letras y los Austrias. Volver a la vida en perfecto verso. Volver a habitar entre las bambalinas de la Barraca. Volver… porque ellos no ganaron, porque los libros de texto le convirtieron en Historia, porque le asesinaron, pero no le mataron. Y así, vivo vuelve a sentir el vientecillo democrático, se le vuelven a erizar los vellos sobre sus pulsos y las musas le vuelven a acariciar la imaginación de sus sienes. Sin bendiciones, ni palio partirá en procesión santificado por los óleos de la cultura y el civismo. En un Madrid amnésico de guerras imborrables y cosido por la transición, atada, bien atada, con hilos negros, azules y rojigualdos, Federico camina con lo multicolor de su sentir, avanza por el impulso de sus rojos latidos y el pacífico blanco de sus ideas…

A pie de calle será un García cualquiera entre el común de los mortales, pero convertido en el eterno Lorca por el imaginario colectivo. El poeta que describió lo versado de Nueva York, el que ratificó lo gitano de los romanceros y el que le puso letra a los ritmos de Camarón. ¡Federico vive! Se escucha con júbilo por los madriles. ¡Viva Lorca! Se proclama a voz en grito desde las entrañas de las gargantas. No hay hueco para el silencio. Los aplausos resuenan a alegría por las calles y la primavera tricolor hierve en pleno agosto. Y al final, frente al teatro, Federico García Lorca vuelve a abrazar una alondra para alcanzar el renacimiento y la luz, después de 90 años del día que la poética libertad murió por el fuego de la caótica sinrazón.

Y así un hombre cualquiera resarce la injusticia con lo necesario de los homenajes.

viernes, 31 de julio de 2026

Lo cotidiano de la inspiración

Un hombre cualquiera se encamina sin meta a pasear la ciudad.

El bullicio de la calle principal le ahuyenta a las calles secundarias. Más personales, más auténticas. Allí la ciudad ralentiza el segundero y gana tiempo al tiempo. Las huellas por imprimir atisban un horizonte improvisado. Dos colinas de celulosa escriben una parada en la novela entre lo leído y lo pendiente. Desde el título todo está traducido con buena letra en cursiva y subrayado por el marco de sus gafas. En las que se refleja el humeante aroma del café entre Madrid y el cielo. No hay diálogo, sólo música ambiente. El ritmo metálico de la cucharilla, el sútil crujir de la mesa, el tintineo de la musical porcelana y el pausado latir de la vida. La tranquilidad de la escena le aporta inmortalidad a la escena, incluso se puede sentir la pincelada sobre el lienzo. El empedrado de los Austrias, la sombra de la mañana y el sol de julio. El paseante abandona el cuadro para avanzar hacia la siguiente pieza. Las suelas acarician los pasos que otros marcaron en un mosaico superpuesto de destinos. Se para. El silencio invade victorioso la soledad. Una sutil rebelión blande sus estandartes y la mirada se asombra a la vuelta de la esquina, una calle desierta. El último ataque de la brisa refresca antes de la inminente revancha veraniega. Rojos, verdes, amarillos y azules resisten estoicos sobre la cuerda. Los banderines que recuerdan la fiesta que ya es un eco de la noche…

Aprovechando lo caduco de frescura, el paseo gira a la izquierda. Inconsciente, dejándose llevar… una veleta sin norte. Al final de la calle un banco canjea descanso por una respiración calmada. Evita las exhalaciones para tomar sólo la inspiración. Un dibujante con el respaldo del banco de atril atrapa en su libreta los detalles de la cotidianidad. A escasos metros, una mujer espera al autobús urbano entre pensamientos superfluos y la ida y venida del abanico. Que reza un rotundo ¡Qué calor!, blanco sobre rojo. El impulso del abanicado aire debe ser el motivo del despegue de la idea del artista. Una viajera, un detalle y la imaginación. La mujer lleva una horquilla triangular, que separa la melena ladeada en dos, dejando la crencha más pálida al descubierto. El retrato imagina un cohete despegando sobre el peinado, el humo impulsado a flor de piel y el horizonte para aventurarse hacia el infinito. La llegada del autobús abanica las hojas del retratista y la escena se desvanece…

Y así un hombre cualquiera se pierde en busca de más postales de una mañana de julio.