Un hombre cualquiera investiga lo imperceptible que se agazapa entre las narraciones de los libros.
Las inescrutables casualidades de la vida pueden evitar que estés presente en cualquier hecho que pueda rellenar los libros de texto de Historia; o te pueden situar en todos los eventos históricos contemporáneos, como a la familia Alcántara de Cuéntame. Cómo por ejemplo, el inocente juego de niños entre las preocupaciones de los adultos. Un niño imaginando escenarios fantásticos en el despacho de su padre. El imaginario infantil puede construir castillos sobre las nubes, bailar elefantes sobre telas de araña o adivinar sombras chinescas sin caverna, ni Platón.
Aquel 23 de febrero, treinta y tres minutos después de la llegada de los tricornios al Congreso, Felipe jugaba absorto de lo que estaba ocurriendo, junto a su amigo Verde. Ambos ataviados con el uniforme de marineros sobre el sofá. A la sazón, un galeón de la Grande y Felicísima Armada que acabará por atracar en la pérfida Albión y cambiar aquella histórica derrota, por una victoria que cambie el devenir del pasado. Al mismo tiempo, otros armados y, supuestamente, “invencibles” guardias civiles estaban atrincherados, tras los leones del Congreso, a la espera de las negociaciones de las capitanías generales y de un utópico gobierno de concentración. ¡Vaya semana! Pensó aquel infante, recopilando palabras de los adultos. Un golpe de estado tambalea a la joven democracia, la abuela Federica se muda al reino de los cielos y la Armada Invencible vuelve a perder en el juego de un joven príncipe Felipe. El mismo que se duerme sobre el sofá, junto a Verde; el amigo invisible que le acompañó en las aciagas horas en que los transistores ondeaban sobre un mar picado y furioso, bajo unas oscuras nubes con forma de tricornio…
Y así un hombre cualquiera entiende que, a veces, la imaginación es la única que te rescata de la cruel realidad.