jueves, 23 de abril de 2026

Lo librado de los viajes

Un hombre cualquiera encuentra un libro abandonado en un banco del Retiro.

La vergüenza inicial obvia la presencia del objeto. Algún reojo furtivo descubre el color del lomo y alguna pincelada de la portada. Después… una mirada indiscreta examina más profundamente la existencia de la inscripción del título. Un vistazo alrededor confirma la inexistencia de espías a la vista y con un movimiento sutil… se acerca al libro para mejorar su perspectiva miope y cotillear con mejor visión. Los borrones iniciales van tomando forma pasando del impresionismo al clasicismo. Las manchas blancas se confirman en nubes sobre el azul, la estructura en perspectiva se define en un muelle con un faro al fondo y el azul del cielo muta en salado oleaje con un imponente barco partiendo al horizonte. El enfoque mejora considerablemente y el título se descubre definido y claro: ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne. 

Sin pensarlo toma el pasaje y parte cómodamente sentado en su asiento. Ya sin remilgos, ni censuras abre la primera página y el sol de la mañana empieza a nublarse. La temperatura pierde grados, la luz se filtra británica y el ambiente londinense lo embriaga todo. La lectura se va abanicando con cada página y la brisa aligera el viaje capítulo a capítulo. Los personajes van y vienen en humeantes trenes, en flotantes barcos y en ingrávidos globos. El trajín le despeina como lector y coloca la chistera para ganar elegancia y adentrarse en la historia. El corazón se le acelera por las prisas y la boca se le abre al aparecer aquel elefante de la misma India. En un instante saca el reloj de bolsillo para comprobar el tiempo y atemperar el bolsillo con el tiempo en su mano. Pero algo se adelanta. Las campanadas del Big Ben. Phileas Fogg mete el libro en su chaquetón y sale corriendo de Green Park hacia el Reform Club.

Y así un Phileas Fogg vuelve victorioso de su hazaña y se sienta en un banco Green Park, justo a su lado se encuentra un libro.

martes, 14 de abril de 2026

Lo primaveral de las violetas

Un hombre cualquiera busca unos banderines en el desván para decorar el hogar de celebración.

Una brisa libre y fresca acariciaba el trajín de la calle. Las blusas ondeaban en los tendederos de las corralas, las cortinas bailaban por las ventanas entreabiertas y las hojas de los árboles acariciaban el aire de aquella mañana de martes. La pequeña Violeta amaneció feliz y nerviosa por el día que tenía por delante. De hecho, había remarcado en rojo con una cera su día en el calendario durante la tarde anterior. Un dominical día entre semana con espíritu festivo, incluso histórico a pesar de la ignorancia de la pequeña. No todos los días se cumplen cinco años. Entoces se acercó al alféizar de su ventana y observó el patio. A escondidas descubrió cómo su padre se afanaba en colocar los banderines para la celebración. Los mismos que su madre había reinventado de unos retales viejos y unos sacos olvidados en la carbonera. La brisa los movía; tridimensionales, triangulares y tricolores. Y las sombras proyectaban un divertido juego entre chinesco y platónico.

Al otro lado del muro la celebración parecía haberse propagado. Resonaban jubilosos ¡Vivas! Y los aplausos parecían contagiar lo festivo del hogar. La pequeña Violeta sentía una ilusión desbordante, su nacimiento se celebraba por propios y extraños. Una felicidad contagiosa que brillaba en las miradas y salpicaba los verbos de sonrisas y de besos. La curiosidad le asomó al balcón de la fachada. Desde allí, la frescura le despeinó el flequillo, que se acompasó con los librepensadores peinados de las sin sombrero. Los ondeantes morados, amarillos y bermellones le coloreaban el horizonte. Los cánticos de unos muchachos corrían afinados por el empedrado y sólo alcanzó a escuchar de soslayo un ‘¡Libertad, libertad, libertad!’. Anonadada con el improvisado desfile callejero no alcanzó a escuchar la llegada de sus progenitores, que le abrazaron de sorpresa para felicitarle. Al preguntarles por lo que ocurría… sólo le sonrieron para decirle que la primavera había llegado para teñir el futuro de violeta.

Y así un hombre cualquiera canturrea himnos populares, iza banderines republicanos y festeja abriles históricos.