Un hombre cualquiera observa curioso el escaparate de la Estafeta entre los tambores pamplonicas con fondo festivo y las batutas parisinas dirigiendo a una orquesta bajo la torre de hierro.
El calendario se viste de un festivo rojo dominical, a pesar de ser lunes y que a las celebraciones le queden el martes por delante. Pero un error en la reserva del viaje por Fermín y Margot concatenó una serie de maravillosas casualidades para la familia. El precio del viaje alivió el bolsillo, las vacaciones se extendieron un día más y las celebraciones nocturnas por el 14 de julio se adelantaron un día, ante la conmemoración del décimo aniversario del atentado de Niza. La antelación del día de Francia llenó de alegría a Amélie y Edith y más cuando les anunciaron el plan nocturno.
Una cena en una pequeña crepería de Montmartre, un viaje en el suburbano parisino y un concierto con orquesta junto a la creación de Gustave Eiffel. Como el programa del concierto no incluía el pobre de mí, la familia decoró sus cuellos con el pañuelo rojo. Y toda la familia atesoró de aplausos sus manos para alimentar las almas de los músicos. Como marcianos en el Campo de Marte, lo universal de la música orbitó hacia lo musical del universo. Y, entonces, un espectáculo de luz, drones y artificios coloreo el lienzo nocturno de Francia; 237 años después de la toma de la Bastilla.
Y así un hombre cualquiera entiende que la música universaliza los sentimientos que se hacen conscientes al compás de sístoles y diástoles.