viernes, 31 de julio de 2026

Lo cotidiano de la inspiración

Un hombre cualquiera se encamina sin meta a pasear la ciudad.

El bullicio de la calle principal le ahuyenta a las calles secundarias. Más personales, más auténticas. Allí la ciudad ralentiza el segundero y gana tiempo al tiempo. Las huellas por imprimir atisban un horizonte improvisado. Dos colinas de celulosa escriben una parada en la novela entre lo leído y lo pendiente. Desde el título todo está traducido con buena letra en cursiva y subrayado por el marco de sus gafas. En las que se refleja el humeante aroma del café entre Madrid y el cielo. No hay diálogo, sólo música ambiente. El ritmo metálico de la cucharilla, el sútil crujir de la mesa, el tintineo de la musical porcelana y el pausado latir de la vida. La tranquilidad de la escena le aporta inmortalidad a la escena, incluso se puede sentir la pincelada sobre el lienzo. El empedrado de los Austrias, la sombra de la mañana y el sol de julio. El paseante abandona el cuadro para avanzar hacia la siguiente pieza. Las suelas acarician los pasos que otros marcaron en un mosaico superpuesto de destinos. Se para. El silencio invade victorioso la soledad. Una sutil rebelión blande sus estandartes y la mirada se asombra a la vuelta de la esquina, una calle desierta. El último ataque de la brisa refresca antes de la inminente revancha veraniega. Rojos, verdes, amarillos y azules resisten estoicos sobre la cuerda. Los banderines que recuerdan la fiesta que ya es un eco de la noche…

Aprovechando lo caduco de frescura, el paseo gira a la izquierda. Inconsciente, dejándose llevar… una veleta sin norte. Al final de la calle un banco canjea descanso por una respiración calmada. Evita las exhalaciones para tomar sólo la inspiración. Un dibujante con el respaldo del banco de atril atrapa en su libreta los detalles de la cotidianidad. A escasos metros, una mujer espera al autobús urbano entre pensamientos superfluos y la ida y venida del abanico. Que reza un rotundo ¡Qué calor!, blanco sobre rojo. El impulso del abanicado aire debe ser el motivo del despegue de la idea del artista. Una viajera, un detalle y la imaginación. La mujer lleva una horquilla triangular, que separa la melena ladeada en dos, dejando la crencha más pálida al descubierto. El retrato imagina un cohete despegando sobre el peinado, el humo impulsado a flor de piel y el horizonte para aventurarse hacia el infinito. La llegada del autobús abanica las hojas del retratista y la escena se desvanece…

Y así un hombre cualquiera se pierde en busca de más postales de una mañana de julio.

sábado, 18 de julio de 2026

Lo versado de los homenajes

Un hombre cualquiera se encuentra con una visita guiada por el barrio Gótico.


La ciudad se ilumina mediterránea, poderosa y radiante por el sol. Sus rayos perfilan las puntiagudas torres de la catedral. Unas cálidas caricias reflejan los cristales del puente del obispo. Y la muralla se almena con las luces del mediodía. La luminosidad asombra las explicaciones del guía turístico que recupera la atención del grupo, mientras bombardea, desde su altavoz, con la narración de las explosivas decisiones que se han precipitado sobre la histórica Barcelona en el discurrir de los siglos. La guerra dels Segadors, la guerra de Sucesión, las represiones de Espartero y Prim y la maldita Guerra Civil. Asedios y bombardeos inhumanos e innecesarios. Una bélica enumeración de barbaries que llenó de lágrimas la mirada de Merjem al rememorar el conflicto de los Balcanes. Una guerra que le robó la infancia y la familia, más allá del mare nostrum, en Mostar. Y, como consecuencia, le cargó con un trauma crónico y una tendencia a la ligirofobia, que le acompaña hasta nuestros días.


Un ruido le alteró sus latidos y le tembló sus nervios; buscó refugio en los brazos de su compañera de viaje. ¡Otra vez! Pensó. Cerró los ojos y respiró pausadamente para recuperar el control sobre sí misma. Unos instantes, mientras los turistas le rodean y se ancla a su lugar seguro. El ejercicio personal es fructífero. La recobrada calma, le despertó una fuerza desconocida que le hizo alzar la vista al cielo y enfrentarse al vuelo del helicóptero. Allí, desafiante, quieto y elevado permanecía sobre sus cabezas. Merjem volvió a Mostar, pero sus pies le aferraron a Barcelona. Sin previo aviso, la nave activó su descarga y, al mismo tiempo, las lágrimas de la turista se precipitaron sobre las mejillas. Entre sus pensamientos y el pájaro de metal, un centenar de proyectiles comenzaron a planear ligeros, libres y livianos. Tras el desconcierto inicial, Merjem mudó su tristeza a una alegría creciente, cuando su mano atrapó una de aquellas aves de papel y leyó los versos: “Mirar de nuevo hacia las nubes, no para buscar la sombra del miedo, sino para atrapar un verso que cae, recordándonos que la paz es un poema que escribimos cada día.” Una inusitada tranquilidad interior le reconfortó consigo misma y con la niña que creció entre el miedo y la sinrazón de la guerra. Las aspas retomaron el vuelo y el helicóptero se perdió entre los tejados. Al resonar el silencio urbano, el guía les explicó que habían vivido una intervención artística de memoria histórica. Además, la gran mayoría de los integrantes de la excursión habían sufrido las consecuencias de un conflicto a lo largo de sus vidas. Y aquella acción era una reparación para el alma y un paso para superar sus miedos.


Y así un hombre cualquiera se guarda un poema en el bolsillo de la camisa entre sus latidos y el recuerdo.


Texto inspirado en la acción del colectivo Casagrande desarrollado en Barcelona el 20 de junio de 2026.