sábado, 11 de abril de 2026

Capitulo XX: Lo inconfundible de las extraordinarias

Un hombre cualquiera se encuentra con humanas extraordinarias y mujeres inconfundibles entre las almenadas patrias chicas y las asfaltadas urbes del exilio.

El coraje implica esfuerzo, sabiduría y genio, porque sólo quién valora lo que hace, quién reflexiona lo que conoce y quién pelea lo que quiere es merecedora de abanderar el arrojo de sus empresas. Esta afirmación se blande con el vientecillo que impulsa la bandolera de los olivares. Su despistada percepción en los detalles se equilibra con el preceptivo detallismo de su profesionalidad. Sus alocadas anécdotas inverosímiles se equilibran con la certidumbre de su verosímil captura de recuerdos. Su privilegiada memoria concreta se equilibra con sus ambiguos conceptos inventados. Sin duda, ella es una primavera ajena a los partes meteorológicos, porque sólo ella conoce su fuerza natural capaz de activar la vida que le rodea.

Y lo hace con un sureño sol que va llenando cada hueco de las curvaturas de los haldares, cada reverso y anverso de las lanceoladas hojas y el plegado relieve centenario de los troncos de los olivos. Y lo hace con un sureño sol que ilumina con las tonalidades de su acento, que proyecta anécdotas turquesas de las albercas del huerto y que refleja sonrisas contagiosas sólo con mirarse. Y lo hace con un sureño sol que aceituna el fruto, consigue el punto exacto del envero y madura la oscura morada entre los cerros. Allí, en la inmensidad del olivar le laurean con la corona olímpica, símbolo de paz y pureza. Bajo el azulado firmamento, su maritima mirada atisba los futuros que esconde el horizonte. Y al galope atrapa las metas soñadas con el ejemplar grito de pedir tierra y libertad.

Y así un hombre cualquiera se echa al monte siguiendo las huellas hacia el horizonte de la bandolera de los olivares.

¿Recuerda más extraordinarias inconfundibles?

Capítulo I: Fílmica norteña

Capítulo II: Mecenas del Quijote

Capítulo III: Forzuda equilibrista 

Capítulo IV: Alumbrante de historias 

Capítulo V: Soñadora en pijama

Capítulo VI: Aventurera de las siestas

Capítulo VII: Irónica politóloga

Capítulo VIII: Conversadora berciana

Capítulo IX: Sonriente comunicóloga

Capítulo X: Teniente con rizzo

Capítulo XI: mademoiselle del vestido burdeos.

Capítulo XII: Embajadora de la city

Capítulo XIII: Narradora de vivencias

Capítulo XIV: Guerrera de los Ancares

Capitulo XV: Venerable camarada 

Capítulo XVI: Intérprete del Cueto

Capitulo XVII: Fotógrafa de canciones 

Capitulo XVIII: Ebanista de Celedón

Capitulo XIX: Reportera acuática 



lunes, 30 de marzo de 2026

Lo solemne de los duelos

Un hombre cualquiera encuentra una desubicada necrológica en la sección de descubrimientos.

Al borde del altar dos flores desenfundan su vistosidad y petulancia, desde sus espigados tallos como una marca natural del mapa del tesoro. A un lado una flor de lis blanca radiante se erige desafiante, ante un anaranjado tulipán voluptuoso en guardia. ¡CLÓN! ¡CLÓN! ¡CLÓN! La reverberación de las tres campanas de la torre hacen moverse levemente a los ornamentos florales. Un duelo de sobremesa, al tiempo que el silencio del equipo de arqueólogos resuena desde el interior de la tumba del altar mayor de la iglesia de Sint Petrus en Pauluskerk en el barrio de Wolder de Maastricht

Por fin, el arqueólogo Wim Dijkman encuentra los huesos que tan ansiosamente había buscado durante prácticamente tres décadas. Se coloca las lentes para cerciorarse de lo que estaba viendo. Primero alcanza a ver el deterioro del cuello, lo que explica la mortífera bala de mosquetón. Cómo consecuencia del descubrimiento, un respingo le hace perder el equilibrio y su mano izquierda tiene la suerte de encontrar una dorada moneda de cara con la efigie de Luis XIV. La emoción brota de su lagrimal para surcar su satisfecho rostro. Entonces, se ergue. La mano derecha se eleva hasta el corazón y se cuadra, cual mosquetero, ante los restos de Charles de Batz de Castelmore. Después de más de tres siglos, tras el asedio a Maastricht, D'Artagnan ha sido encontrado. Y tres repiques de campana dan mayor solemnidad al momento; sobre el cielo tres estelas se entrecruzan en el azul del firmamento, quién sabe si el último servicio de Athos, Porthos y Aramis.

Y así un hombre cualquiera declama “uno para todos y todos para uno” al cerrar el periódico.