domingo, 6 de septiembre de 2026

Lo imprevisto de la monotonía

Un hombre cualquiera busca la chaqueta en su mochila.

El termómetro tirita aliviado, tras la acalorada ola que surfeó la fiebre estival. El pronóstico se nubla hasta precipitar, día a día, las postrimerías del nuevo curso. Una irrefrenable cuesta abajo hacia la monotonía de un septiembre, que aterriza sobre el pupitre, con un inconciliable horario de oficina. En vuelo regular, Eva pisa el cielo de un Madrid con olor a libros nuevos y con ganas de hibernar. Antes de abandonar el avión, prepara la alarma del despertador, revisa el correo electrónico y vuelve a mirar la fotografía del resultado de la prueba de embarazo. El que ha agazapado en la papelera del baño del avión, pero imposible de esconder en su vientre…


Más que el comienzo de curso es el pistoletazo de salida de una nueva vida. Aún sin hacerse a la idea… su cabeza busca la forma de darle la noticia a Adán, el padre del bastardo. Entretenido, a tres filas por delante de ella, con la redacción del mensaje a su mujer, "He perdido el tren, volveré mañana’’. A 4 kilómetros de distancia, Berta, la mujer de Adán, lleva dos meses ocultando su despido con unos ahorros secretos, que agonizan entre mentiras y miedos. La tarde del primer domingo de septiembre es la tarde más de domingo de todo el año y más ante el lunes, más lunes, que les espera… y encima las maletas van con retraso por la cinta de recogida…


Y así un hombre cualquiera se abriga ante el crecimiento de las horas de oscuridad.

martes, 25 de agosto de 2026

Lo transparente de la pecera

Un hombre cualquiera acude con bañador, toalla y crema a la piscina.

El jaleo de chapoteos, chanzas y chapuzones se extiende sobre el desierto de toallas bajo el sol. Y a unos escasos metros, el espejismo se liquida sin genios, ni maldiciones. Un escenario estival ajeno a las prisas del día a día, que se salpica con instantáneas de saltos, brazadas y flotadores. En medio de la postal vacacional, la nadadora observa el ecosistema acuático, mientras se dora al borde del bronceado bordillo. El collage de movimientos le convierte en una fotografía fija, a partir de su mirada tranquila y el gesto relajado. El agua se mimetiza con su acuario interior. Una pecera cada vez más transparente, donde lo colorido de los peces alegran las sonrisas de los que la miran y su alma se alimenta de las sonrisas que recibe.

Y sobre la superficie… la nadadora imagina nuevos caminos con flechas amarillas, perdiendo el moreno de su melena por el colorido corte a lo gar¢on. Más que un peinado, una declaración de intenciones para fortalecer las líneas rojas, eliminar la encarnada vergüenza por pasos al frente y enmarcar entre sus rojizos labios las ideas que palpitan por sus pulsos. Sin previo aviso, se levanta firme y decidida. Los escalones reciben la credencial de sus huellas peregrinas, hasta alcanzar la cumbre del tobogán. Valiente y segura de sí misma, se sienta, toma aire y se lanza… al salir de las profundidades su mirada se observa más experimentada y la sonrisa se dibuja más vivaz.

Y así un hombre cualquiera se seca y se va de la piscina con la energía renovada y el ánimo reconfortado.