domingo, 3 de mayo de 2026

Lo coloreado de lo materno

Un hijo cualquiera recuerda que su primera palabra fue, indudablemente, mamá.

Cada madre esboza y dibuja la maternidad sobre la inmensidad de un lienzo de retazos, parches y ampliaciones. Hay madres capaces de leer el ilegible futuro sobre el horizonte entre el mar y el cielo. Hay madres que compran nuevas pinturas para planear una vida por imaginar. Hay madres que repintan sus patrias de acogedor futuro. Hay madres que reflejan lo dorado de la balanza para enseñar el valor de la justicia. Hay madres que consiguen arrebatar los matices del Miño para abanderar las almenas de sus murallas. Hay madres que descubren nuevas tonalidades escondidas en las bibliotecas. Hay madres que apartan las nubes negras para navegar por el mar tintado de luz. Hay madres que mezclan a la perfección su elegante Pantone “Burdeos” con el azul de Madrid al cielo. Hay madres que imprimen sueños con la tinta de los pentagramas de Bruce Springsteen. Hay madres con un encarnado corazón extremeño y un azulado norte Atlántico. Hay madres que escriben el presente en morado para que se lea el futuro perfecto. Hay madres que tiñen sus escenas cotidianas con guiones de Almodóvar. Hay madres que mecen sobre el azulado y tranquilo oleaje de su mirada. Hay madres…

Todas estos consejos de la maternidad emanan de los latidos de las madres que nos parieron. Las que tiznan de sabores los mandiles ante los fogones. Las que rellenan el tintero con el revoloteo multicolor de las bolboretas. Las que apuntan en carmesí la lista de la compra. Las que combinan la escala de grises de la realidad con la policromía de su imaginación. Las que doran la masa madre con ideas al horno. Las que inmortalizan con la cálida mirada de su objetivo. Las que sueñan en Technicolor y pijama. Y que acaban renovando, día a día, con sus pinceladas el lienzo maternal

Y así un hijo cualquiera recuerda que no solo el primer domingo de mayo es el día de la madre.

jueves, 23 de abril de 2026

Lo librado de los viajes

Un hombre cualquiera encuentra un libro abandonado en un banco del Retiro.

La vergüenza inicial obvia la presencia del objeto. Algún reojo furtivo descubre el color del lomo y alguna pincelada de la portada. Después… una mirada indiscreta examina más profundamente la existencia de la inscripción del título. Un vistazo alrededor confirma la inexistencia de espías a la vista y con un movimiento sutil… se acerca al libro para mejorar su perspectiva miope y cotillear con mejor visión. Los borrones iniciales van tomando forma pasando del impresionismo al clasicismo. Las manchas blancas se confirman en nubes sobre el azul, la estructura en perspectiva se define en un muelle con un faro al fondo y el azul del cielo muta en salado oleaje con un imponente barco partiendo al horizonte. El enfoque mejora considerablemente y el título se descubre definido y claro: ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne. 

Sin pensarlo toma el pasaje y parte cómodamente sentado en su asiento. Ya sin remilgos, ni censuras abre la primera página y el sol de la mañana empieza a nublarse. La temperatura pierde grados, la luz se filtra británica y el ambiente londinense lo embriaga todo. La lectura se va abanicando con cada página y la brisa aligera el viaje capítulo a capítulo. Los personajes van y vienen en humeantes trenes, en flotantes barcos y en ingrávidos globos. El trajín le despeina como lector y coloca la chistera para ganar elegancia y adentrarse en la historia. El corazón se le acelera por las prisas y la boca se le abre al aparecer aquel elefante de la misma India. En un instante saca el reloj de bolsillo para comprobar el tiempo y atemperar el bolsillo con el tiempo en su mano. Pero algo se adelanta. Las campanadas del Big Ben. Phileas Fogg mete el libro en su chaquetón y sale corriendo de Green Park hacia el Reform Club.

Y así un Phileas Fogg vuelve victorioso de su hazaña y se sienta en un banco Green Park, justo a su lado se encuentra un libro.