Un hombre cualquiera se encamina a la pradera con chaleco, parpusa, barba más canosa y un clavel ajado en la solapa de la mano de sus chulapas.
El autobús urbano avanza por la avenida, que está hasta los banderines de fiesta. Los cuatro gatos se acompañan de felinos siameses, bengalíes, himalayos, cartujos, abisinios, egipcios y hasta siberianos. Al llegar a la parada de la plaza de Marqués de Vadillo, el tradicional organillo se fusiona con ritmos latinos y sonidos coreanos. A pesar de las innovaciones, la cultura castiza se hereda o se enseña en familia con el abrazo de los mantones y a la sombra de las parpusas. Un dulce recuerdo que se saborea con el tiempo y que se rememora al morder una lista o una tonta recién compradas en el puesto de Manuela. Allí está ella. Moderna con chaleco, primaveral con clavel y experimentada con el peinado plateado. En el puesto se iza el cartel “Florisdo” por su artista y repleto de guiños a la ermita, al barquillero, a la música de concierto y organillo y a un San Isidro moderno con luz propia. La tendera se recuerda en la protagonista, abrazada a un amor de una noche de chulapos de su juventud. La misma juventud que Victoria derrocha entre sus lunares hilados por el orgullo de su madre, Almudena. Una madre que ha confeccionado el chulapo vestido con la Singer que le pidió su amado, Paco, en la carta a los reyes magos. Tras varios pespuntes, un aprieta aquí y un dobladillo allá… la pasarela de verde pradera le inmortaliza su creación modista y su recreación modesta entre puestos, recreativos y chotis. Aunque la exclusiva la tuvieron las abuelas y abuelos de la residencia de Vallecas, durante el aperitivo festivo con la familia de mayores en el turno de mañana.
Tras las sobremesas y las siestas, Rocín y Flaca pasean a sus dueños, Lili y Néstor, en las postrimerías del Manzanares para sentir la fiesta, sin sufrirla tan cerca. Y así llegan al azulado y letrado cartel de Madrid, junto a su majestad el Príncipe Pío, para inmortalizar el horizonte palaciego con vistillas a la celebración. Y posan para un selfie. Ella le abraza con su mantón oriental y él le tatúa una sonrisa entre sus dos mascotas cancerberas. Las que olisquean el lejano dulzón de las manzanas de caramelo, el aroma de las palomitas y el acolchado algodón de azúcar. Los productos que observa Vera entre sus madres, la pecosa Gloria y la sonriente María, delante de un extraordinario puesto de delicias, justo antes de que las luces de colores y farolillos iluminen la noche de la celebración. Los neones de las atracciones y las bombillas multicolores se reflejan en las pupilas de la pequeña, detrás de un cucurucho de churros para amenizar la espera hasta los fuegos artificiales.
Y así un hombre cualquiera, junto con la emperatriz berciana y la heredera del imperio, sonríen con el ascenso del primer cohete para reescribir “de la pradera al cielo”.
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¿Te acuerdas de otros San Isidro?