domingo, 25 de octubre de 2026

Lo felino de los sentimientos

Un hombre cualquiera disfruta al observar los pequeños detalles imprevistos de la ciudad. 

El último día del horario de verano es casi en noviembre, no es el cambio climático; es la normativa que los gobiernos han ido imponiendo sobre el cambio de hora. Una conjunción con la globalización, que ha creado una vida estándar de vestimentas, ocios y músicas, que parece haber creado un clima común con días desordenados de frío y sol, de lluvia y calor. Sin sentido, ni calendario. A escasos metros sobre el asfalto ajeno a los cambios de horarios, Gato observa un día de la marmota con humanos yendo y viniendo sin ton, ni son. Los ve amanecer, crecer y envejecer inconsciente de la levedad de sus propias siete vidas. Sin embargo, su dueña turca, Çigdem, le otorga una vida menos según la creencia de su cultura materna.

Madrileño de exportación, un hombre cualquiera 

De hecho, al mudarse a Madrid, lo primero que hizo Çigdem fue colocar las mosquiteras para evitar un accidente de Gato por su vida de menos o sus vidas de menos… Con más razón al conocer la nacionalidad de su vecino. Micerinos, un felino egipcio sin un pelo de tonto, que se pavonea al exhibir sus nueve vidas, creencia extendida en los lejanos tiempos de los faraones, desde la ventana de enfrente. Ambos se miran recelosos y altivos, hasta que aparece, por la acera un par de plantas por debajo, el dogo argentino, Pibe, de la manzana de al lado. Entonces el pelaje se eriza, más en un caso que en otro. La impostura se agazapa sobre el alféizar. Y la soberbia felina se desmorona de un zarpazo. Y al final los sentimientos compartidos homogenizan más que la globalización capitalista…

Y así un hombre cualquiera detalla los imprevistos que construyen una ciudad.

lunes, 12 de octubre de 2026

Lo granate de los viajes

Un hombre cualquiera descubre sobre el 12 del calendario una bolboreta carmesí con la forma de un beso.

Algunas vueltas al mundo no solo duran 80 días, ni tienen su meta a las orillas del Támesis. El viaje se acomoda en un abrazo, se acaricia con los índices en el mapa por recorrer y se saborea entre las palabras que no hace falta decir. Y el paisaje se alfombra con las otoñales postales inmortalizadas, que recuerdan los horizontes ya escalados. Y que se narran en los ajados cuadernos de bitácoras que amarillean por las otoñadas transitadas. Justo al atardecer, los viñedos se doran entre sarmientos, en los que descansan los fugaces pájaros rojos con destino a Bagdad.  

Superando el vértigo, que te enseñan las horas de vuelo, el helio permite admirar las vistas con altura de miras y con la paleta otoñal coloreando las miradas. Más arriba el acolchado vuelo de una avioneta pilotada de peluche viaja a la eternidad sin miedo a la oscuridad. A ras de asfalto, el 600 marca su brújula a la felicidad y las huellas de sus neumáticos pintan en granate lo descubierto de los mapas, que hasta entonces eran desconocidos. No hay incertidumbre porque las maletas atesoran caricias por sentir, carmesí por besar y pijamas por soñar.

Y así un hombre cualquiera toma tierra, como cada 12 de octubre, para estampar de granate la felicidad.