Un hombre cualquiera se despierta sonámbulo y sólo recupera la conciencia al tomar la fría lata de cerveza de madrugada entre sus manos, en pijama y frente al calendario.
A la hora que la Torre de Babel se deslengua y el entendimiento se universaliza. A la hora que el bigote adquiere un esponjoso color blanquecino. A la hora que los duendes reverdecen por barras, tascas y tugurios. A la hora que San Patricio santifica a creyentes y paganos. Allí, al final de los túneles noctámbulos, el reloj alcanza el 17 de marzo y los brindis repican a quintos, tercios, dobles y pintas. Las sonrisas brillan a giste, los besos saben a malta y las miradas son del color del cristal de la cerveza con el que se mira. Se celebra con cada trago que apacigua incertidumbres, desvelos y realidades.
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| 'Home', Ana Arias |
Al otro lado de la barra del Kebab, un turco con túnica verde sirve unas Guiness a unos americanos de turismo por el Húmedo, que charlan sobre las consecuencias del cierre del estrecho de Ormuz, tras las últimas noticias de un diario británico que aparecen en su smartphones de fabricación china. Todo conectado. Una escena que desdibuja tonos de piel, invisibiliza patriotismos y olvida diferencias de género. Sólo personas compartiendo vida, sólo vidas personificando compartición, sólo compartir vivencias personales. El sentido de la birra se ingiere al mezclar acentos, disipar nacionalidades y humanizar conciencias.
Y así un hombre cualquiera vuelve a la cama con el sabor fermentado del lúpulo que adormece sin desvelos.
