sábado, 14 de febrero de 2026

Lo deseado de los viernes

Un hombre cualquiera descubre que ha llegado a la tarde del viernes.

La tarde del viernes es sentarse en el sofá a sumergirse en los recuerdos del álbum de bitácoras. La tarde del viernes es revisar una película con manta y palomitas. La tarde del viernes es desabrocharse el reloj durante todo un fin de semana. La tarde del viernes es improvisar planes sin la rigidez de la agenda. La tarde del viernes es estrenar recuerdos para inmortalizar la vida. La tarde del viernes es desgañitarse en el karaoke para bailar hasta el amanecer.

La tarde del viernes es un atardecer para buscar aventuras a la luz de las farolas. La tarde del viernes es besarse al acompasado eco de nuestros sístoles y diástoles. La tarde del viernes es el horneado de una tarta de queso que perfuma a hogar. La tarde del viernes es un paseo sin brújula, ni mapa acariciando el adoquinado con nuestras huellas. La tarde del viernes es, sin duda, la soñadora en pijama con los labios carmesí, la melena al viento y la sonrisa por bandera.

Y así un hombre cualquiera espera deseoso la celebración del 14 de febrero, como si fuera la tarde del viernes.

domingo, 25 de enero de 2026

Lo agobiante de la espera

Un hombre cualquiera se encuentra con un dilema entre vivir en un edificio majestuoso o vivir en un edificio decrépito con vistas a algún edificio monumental.

Levantado frente a la ventana encuentra una visión equitativa del exterior. El alféizar y los cercos enmarcan el exterior partido a partes iguales por el horizonte. La dantesca escena separa el cielo y el consecuente infierno. Un símil visual que resume las posibilidades del diagnóstico anunciado a primera hora de la mañana.


'Horizonte', A.V.M.

Aún se notaba el aroma a desinfectante y alcohol de curar del médico y el rítmico trasiego del pasillo se silenció con el ensimismamiento con la instantánea del ventanal. La descripción del facultativo y sus comentarios aún resonaban como un eco interminable. ‘Estas consecuencias las sufrirá el resto de su vida’. ‘Tendrá días buenos, malos y horribles’. ‘Sufrirá de insomnio intermitente’. No había más que hacer, solo esperar al resultado final. Por los laberínticos pasillos del hospital un llanto le alertó de que la prueba había sido satisfactoria. Aunque él se agotaba ante la eternidad de la espera en la habitación.El reloj se ralentizaba ante la necesidad de respuestas… Hasta que la puerta de la habitación se abrió y una Ángela, sin alas, le dió la enhorabuena y le acompañó hasta la unidad de recién nacidos.

Y así un hombre cualquiera resuelve el dilema al advertir la necesidad fundamental de vivir.