martes, 31 de diciembre de 2024

Lo continuado de las funciones

Un hombre cualquiera, a falta de máquina del tiempo, se impulsa en la taquilla para subirse a la butaca.

El encarnado terciopelo le acaricia con el vivaracho cosquilleo de sus tejidas emociones, que se ponen a flor de piel desde las profundidades de las entrañas. La lenta agonía de los filamentos traslada la realidad al mundo onírico. Entonces, la oscuridad asombra al patio de butacas y se engrandece hasta la última cresta del gallinero. Casi sin tiempo, los minuteros y segunderos pierden el norte y la cordura. A cambio, la locura emana de los focos y la imaginación germina sobre las tablas. El aquí y ahora son relativos cuando ella pasea de las bambalinas hacia el espejismo de la cuarta pared.

Ella es capaz de acalorar un descampado en Siberia con el contoneo de su presencia. Y, en décimas de segundo, su fría maestría con los hilos del destino puede helar la sangre y el alma de cualquiera que le vacile sin sentido. Y al quedarse en combinación, el rojizo de las bombillas, convierte el mediodía en medianoche. O puede, si lo desea, alumbrar con su descarado escote un amanecer de diario con sabor a domingo. El despertar del respetable público por el aumento de la intensidad lumínica se convierte en realidad sobre la acolchada ficción. Y de mano en mano, un maná de contadas esmeraldas se reparte, mientras un improvisado carrillón hace de telonero a los cuartos y las afortunadas campanadas. Y tras las felicitaciones… la función debe continuar.

Y así un hombre cualquiera vive nuevas vidas sin abandonar sus sístoles y diástoles para conseguir un ¡Feliz 2025!

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Lo enfermizo de la suerte

Un hombre cualquiera sufre una arritmia al descubrirse diezmado con el resultado del Sorteo de Navidad.

El repetitivo cántico en sí mayor de los niños de San Ildefonso se propaga entre cuerdas de ropa, aromas a presión y vacaciones dominicales. El repiqueteo de las bolas de boj se antoja festivo, como los explosivos vuelos de las palomitas en la sartén. Y, en mitad del tradicional hilo radiofónico, la narración se excita con un calmado silencio inicial. Al momento, la tormenta de aplausos y vítores dejan entender el premio de cuatro millones de euros.

La alarma le hizo despertar de la adormilada jornada dominical. Entonces, lo oído se convirtió en escuchado en la segunda repetición. Una satisfactoria sensación le reconfortó. Una poética serie de números le encajaba para un futuro perfecto en verso endecasílabo asonante. Y con los ojos abiertos de par en par, los sueños se presentan más alcanzables y reales. De hecho, los nervios y la ilusión sobrepasaban el umbral de la consciencia ante la posesión del premio y, al mismo tiempo, el macabro juego al escondite entre bolsillos, cajones y carpetas. Y lo peor ocurrió. El desconcertado desenlace se despertó sobre una fría escena empapada de desilusión y desdicha.

Y así un hombre cualquiera celebra su maltrecha salud de hierro para seguir sin oxidarse otro 22 de diciembre.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Lo veraniego de noviembre

Un hombre cualquiera hereda un reloj de cuerda para no perderse en la fugacidad del tiempo.

Un extraño calor sorprende a los termómetros y a la ropa de abrigo en las postrimerías de noviembre. Una última noche de verano antes de la eterna hibernación. La calma se ambienta con la rítmica estridulación de los grillos y los párpados se abaten para viajar a un patio reverdecido por frutales y plantas. Las bombillas apagadas del hogar encienden las constelaciones para humanizar la inmensidad y conversar en la intimidad de la oscuridad. Junto a la pared, la bicicleta descansa de pedalear a nuevos horizontes entre campos de cebada, trigo y maíz. Viajes efímeros, siempre con la brújula señalando al corazón para nunca perderse.

Un caminar lento y sin prisa se descubre ante la curiosidad de la linterna. Un sapo, en busca de la humedad de la manguera sobre el carretillo, recuerda que el huerto está empapado, al menos por unos días contra el sofocante calor. Allí se encuentran los huérfanos surcos de los ajos que emigraron por San Pedro. Las estrelladas flores de las tomateras que auguran nuevos frutos. Y el verde de las berzas que se convierten en paradisíacas palmeras para los caracoles. Sin duda, aquel trozo de tierra es el orgullo del labrador, que lo admira apoyado sobre la azada. La satisfacción por haber sobrevivido en mitad de una guerra y por haber alcanzado una pacífica vida cultivada por el amor de sus manos.

Y así un hombre cualquiera nunca le dará cuerda al reloj para intentar engañar al paso del tiempo.