Un hombre cualquiera sufre una arritmia al descubrirse diezmado con el resultado del Sorteo de Navidad.
El repetitivo cántico en sí mayor de los niños de San Ildefonso se propaga entre cuerdas de ropa, aromas a presión y vacaciones dominicales. El repiqueteo de las bolas de boj se antoja festivo, como los explosivos vuelos de las palomitas en la sartén. Y, en mitad del tradicional hilo radiofónico, la narración se excita con un calmado silencio inicial. Al momento, la tormenta de aplausos y vítores dejan entender el premio de cuatro millones de euros.
La alarma le hizo despertar de la adormilada jornada dominical. Entonces, lo oído se convirtió en escuchado en la segunda repetición. Una satisfactoria sensación le reconfortó. Una poética serie de números le encajaba para un futuro perfecto en verso endecasílabo asonante. Y con los ojos abiertos de par en par, los sueños se presentan más alcanzables y reales. De hecho, los nervios y la ilusión sobrepasaban el umbral de la consciencia ante la posesión del premio y, al mismo tiempo, el macabro juego al escondite entre bolsillos, cajones y carpetas. Y lo peor ocurrió. El desconcertado desenlace se despertó sobre una fría escena empapada de desilusión y desdicha.
Y así un hombre cualquiera celebra su maltrecha salud de hierro para seguir sin oxidarse otro 22 de diciembre.
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