Un hombre cualquiera hereda un reloj de cuerda para no perderse en la fugacidad del tiempo.
Un extraño calor sorprende a los termómetros y a la ropa de abrigo en las postrimerías de noviembre. Una última noche de verano antes de la eterna hibernación. La calma se ambienta con la rítmica estridulación de los grillos y los párpados se abaten para viajar a un patio reverdecido por frutales y plantas. Las bombillas apagadas del hogar encienden las constelaciones para humanizar la inmensidad y conversar en la intimidad de la oscuridad. Junto a la pared, la bicicleta descansa de pedalear a nuevos horizontes entre campos de cebada, trigo y maíz. Viajes efímeros, siempre con la brújula señalando al corazón para nunca perderse.
Un caminar lento y sin prisa se descubre ante la curiosidad de la linterna. Un sapo, en busca de la humedad de la manguera sobre el carretillo, recuerda que el huerto está empapado, al menos por unos días contra el sofocante calor. Allí se encuentran los huérfanos surcos de los ajos que emigraron por San Pedro. Las estrelladas flores de las tomateras que auguran nuevos frutos. Y el verde de las berzas que se convierten en paradisíacas palmeras para los caracoles. Sin duda, aquel trozo de tierra es el orgullo del labrador, que lo admira apoyado sobre la azada. La satisfacción por haber sobrevivido en mitad de una guerra y por haber alcanzado una pacífica vida cultivada por el amor de sus manos.
Y así un hombre cualquiera nunca le dará cuerda al reloj para intentar engañar al paso del tiempo.
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