domingo, 23 de marzo de 2025

Lo encarcelado de la memoria

Un hombre cualquiera se queda perplejo ante los gritos que salen del despacho.

Un grupo de turistas desoyen desatentamente al guía que les cuenta la historia de la fachada plateresca de San Marcos. Los gritos que salen por el balcón despiertan del Stendhal a cualquiera. Y eso que el grupo de turistas franceses no entiende nada, pero el alboroto impide seguir con la visita. La situación se vuelve más surrealista cuando un hombre vestido con un pantalón, camiseta y gorro a rayas blancas y negras se apoya en la barandilla pidiendo auxilio. Lo pálido de su rostro parece que un fantasma se le hubiera aparecido.

Y nada más lejos de la realidad. No fue uno, sino decenas de fantasmas los que se le aparecieron en el despacho del director del parador de León. Rostros desencajados, brazos magullados y cuerpos empapados hasta la cintura. Las almas vestidas con desgajadas y sucias ropas coincidían en su truncada libertad y con unos carteles grapados con su nombre, su fecha de nacimiento y un código de preso. Obviamente, no eran fantasmas. Estos supuestos espectros eran en realidad familiares de los presos republicanos que sufrieron sus sumarisimas condenas y sus deshumanizados encarcelamientos por sus ideas y sus luchas por el progreso y la democracia durante la guerra civil y el régimen en los sótanos del actual edificio. Ante la desafortunada iniciativa del disfraz de preso para la fiesta del carnaval propuesta por la dirección del hostal, estos familiares quisieron darle una lección de Historia, humanidad y respeto al director. Una lección que se convirtió en susto y vergüenza, al verse preso en la antigua cárcel de San Marcos. Una lección de vida para pensarse en el futuro, más de una vez, que la memoria histórica no es un capricho, sino una obligatoria necesidad dados los tiempos que corren.

Y así un hombre cualquiera sentado junto al peregrino del crucero resarce a los que ya no están con su recuerdo.

sábado, 8 de marzo de 2025

Lo virtuoso de los defectos

 Un hombre cualquiera se despierta en mitad de la noche por un grito noctámbulo y alevoso.

Al abrir los ojos, el techo se convierte en translúcido sobre el lecho. Una pantalla horizontal sobre una vida cansada de intentar ascender en una verticalidad imposible de escalar. Esa vida es la de Violeta la preparadísima vecina con dos carreras, tres máster, dos idiomas y un currículum envidiable. Además, ella es una mujer valiente, con una destacada conciencia social, amigable, con una lucha contra las injusticias, familiar, con una responsabilidad por el trabajo bien hecho y libre. Pero, tiene un gran defecto. Una característica inoportuna y rechazada por sus jefes y compañeros. Una condición insalvable para crecer y destacar. Simplemente, ser mujer.

Esta fortaleza le enorgullece y le identifica con una forma de vida, una visión del mundo y una posición de construcción de ideales y horizontes. Pero el invisible peso del techo de cristal llena sus jornadas laborales en desmotivadoras y relegadas tareas a su supuesta posición. Pero las vueltas a casa en plena noche le acechan monstruos sin escrúpulos y sin humanidad. Pero su libre forma de vestir se desluce por miradas juiciosas y doctrinales. Pero su atrevida actitud para alzar su voz se ensordece por discursos antiguos y retrógrados. Pero el disfrute de su sexualidad se enturbia por el modelo casto y moralista bajo palio y mantilla. Y, sin embargo, lo seguirá intentando, lo seguirá haciendo, lo seguirá vistiendo, lo seguirá defendiendo y lo seguirá siendo. Ser violeta, sin calendarios impostados ni apariencias construidas.

Y así un hombre cualquiera no logra volver a conciliar el sueño por empatía a miedos desbloqueados.