Un hombre cualquiera se despierta en mitad de la noche por un grito noctámbulo y alevoso.
Al abrir los ojos, el techo se convierte en translúcido sobre el lecho. Una pantalla horizontal sobre una vida cansada de intentar ascender en una verticalidad imposible de escalar. Esa vida es la de Violeta la preparadísima vecina con dos carreras, tres máster, dos idiomas y un currículum envidiable. Además, ella es una mujer valiente, con una destacada conciencia social, amigable, con una lucha contra las injusticias, familiar, con una responsabilidad por el trabajo bien hecho y libre. Pero, tiene un gran defecto. Una característica inoportuna y rechazada por sus jefes y compañeros. Una condición insalvable para crecer y destacar. Simplemente, ser mujer.
Esta fortaleza le enorgullece y le identifica con una forma de vida, una visión del mundo y una posición de construcción de ideales y horizontes. Pero el invisible peso del techo de cristal llena sus jornadas laborales en desmotivadoras y relegadas tareas a su supuesta posición. Pero las vueltas a casa en plena noche le acechan monstruos sin escrúpulos y sin humanidad. Pero su libre forma de vestir se desluce por miradas juiciosas y doctrinales. Pero su atrevida actitud para alzar su voz se ensordece por discursos antiguos y retrógrados. Pero el disfrute de su sexualidad se enturbia por el modelo casto y moralista bajo palio y mantilla. Y, sin embargo, lo seguirá intentando, lo seguirá haciendo, lo seguirá vistiendo, lo seguirá defendiendo y lo seguirá siendo. Ser violeta, sin calendarios impostados ni apariencias construidas.
Y así un hombre cualquiera no logra volver a conciliar el sueño por empatía a miedos desbloqueados.
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