Un hombre cualquiera se queda perplejo ante los gritos que salen del despacho.
Un grupo de turistas desoyen desatentamente al guía que les cuenta la historia de la fachada plateresca de San Marcos. Los gritos que salen por el balcón despiertan del Stendhal a cualquiera. Y eso que el grupo de turistas franceses no entiende nada, pero el alboroto impide seguir con la visita. La situación se vuelve más surrealista cuando un hombre vestido con un pantalón, camiseta y gorro a rayas blancas y negras se apoya en la barandilla pidiendo auxilio. Lo pálido de su rostro parece que un fantasma se le hubiera aparecido.
Y nada más lejos de la realidad. No fue uno, sino decenas de fantasmas los que se le aparecieron en el despacho del director del parador de León. Rostros desencajados, brazos magullados y cuerpos empapados hasta la cintura. Las almas vestidas con desgajadas y sucias ropas coincidían en su truncada libertad y con unos carteles grapados con su nombre, su fecha de nacimiento y un código de preso. Obviamente, no eran fantasmas. Estos supuestos espectros eran en realidad familiares de los presos republicanos que sufrieron sus sumarisimas condenas y sus deshumanizados encarcelamientos por sus ideas y sus luchas por el progreso y la democracia durante la guerra civil y el régimen en los sótanos del actual edificio. Ante la desafortunada iniciativa del disfraz de preso para la fiesta del carnaval propuesta por la dirección del hostal, estos familiares quisieron darle una lección de Historia, humanidad y respeto al director. Una lección que se convirtió en susto y vergüenza, al verse preso en la antigua cárcel de San Marcos. Una lección de vida para pensarse en el futuro, más de una vez, que la memoria histórica no es un capricho, sino una obligatoria necesidad dados los tiempos que corren.
Y así un hombre cualquiera sentado junto al peregrino del crucero resarce a los que ya no están con su recuerdo.
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