Un hombre cualquiera descubre sobre el 12 del calendario una bolboreta carmesí con la forma de un beso.
Algunas vueltas al mundo no solo duran 80 días, ni tienen su meta a las orillas del Támesis. El viaje se acomoda en un abrazo, se acaricia con los índices en el mapa por recorrer y se saborea entre las palabras que no hace falta decir. Y el paisaje se alfombra con las otoñales postales inmortalizadas, que recuerdan los horizontes ya escalados. Y que se narran en los ajados cuadernos de bitácoras que amarillean por las otoñadas transitadas. Justo al atardecer, los viñedos se doran entre sarmientos, en los que descansan los fugaces pájaros rojos con destino a Bagdad.
Superando el vértigo, que te enseñan las horas de vuelo, el helio permite admirar las vistas con altura de miras y con la paleta otoñal coloreando las miradas. Más arriba el acolchado vuelo de una avioneta pilotada de peluche viaja a la eternidad sin miedo a la oscuridad. A ras de asfalto, el 600 marca su brújula a la felicidad y las huellas de sus neumáticos pintan en granate lo descubierto de los mapas, que hasta entonces eran desconocidos. No hay incertidumbre porque las maletas atesoran caricias por sentir, carmesí por besar y pijamas por soñar.
Y así un hombre cualquiera toma tierra, como cada 12 de octubre, para estampar de granate la felicidad.