Un hombre cualquiera madruga para hacerse con la primera
hornada del pan nuestro de cada día, bajo una otoñal lluvia de mayo, labrada en
la pradera de San Isidro.
El paraguas intenta, parcialmente, proteger de las rezagadas
lluvias de abril, pero acaba salpicando por doquier, cuando unos fugitivos
rayos de sol obsequian a las acacias una fotosíntesis de estraperlo. Los
escasos viandantes se ocultan de la precipitada mañana, salvo un intrépido
peatón vestido de blanco y con un rostro impertérrito ante el mal tiempo. Su
cara extrañamente familiar pasaba inadvertida entre el desfile de telas
impermeables con cancán y bastón.
Un hombre cualquiera, obviando el anonimato del paraguas,
cruza su mirada con el conspicuo personaje, cuando el mismo rayo de sol proyecta
la imposible sombra chinesca de las llaves de san Pedro sobre su pecho. La
divina providencia solar le otorga identidad al familiar desconocido.
¡BERGOGLIO! (se dice así mismo)... Un clon del santo padre paseando
campechanamente con su ABC y su hogaza de pan bajo el brazo, posiblemente, en
misión evangelizadora en pleno barrio obrero. Unos pasos más adelante, una
furgoneta de mudanzas engulle rotuladas cajas de cartón con recuerdos,
sobresaliendo de una de ellas un diabólico tridente de plástico del último Halloween.
Y así un hombre cualquiera, al más puro estilo de Melvin
Udall, camina a la panadería evitando pisar las líneas, entre el bien y el mal,
de una acera contagiada de rubeola por las gotas de lluvia.
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