martes, 6 de enero de 2026

Lo atesorado de los mapas

Un hombre cualquiera se agazapa en el salón para observar el amanecer de la ilusión.

Las primeras luces de la mañana agotan las sombras de las figuras majestuosamente coronadas y los jorobados trotes orientales. Al otro lado del vaho de la ventana del salón, la luz va definiendo el perfil del sofá, la mesa con el jarrón de cristal y la estantería con retratos y momentos inmortalizados para la eternidad. El reflejo del día colorea los papeles de regalo bajo el árbol, brillan los adornos entre las púas del pino y se enciende la purpurina de la estrella sobre la cúspide. Y los furtivos rayos son faro a la espera de piratas en busca de su codiciado tesoro. ¡Clac! Un imperceptible picaporte en el pasillo se agazapa en el adormilado despertar…

Unos felinos calcetines se deslizan sobre el parqué, sin huella ni cascabel. Los pasos lentos y los sentidos alerta para seguir el camino del mapa. Cinco pasos de frente. Una zancada grande a la izquierda. Y un paso corto adelante. En el umbral de la puerta se para con unos latidos que parecen salirse del pecho, los mismos que acaloran las mejillas y que encienden el brillo de la mirada. Un resorte le alza en puntillas para amortiguar sus siguientes pisadas. Contra todo pronóstico se dirige hacia la mesa y escala por el travesaño de la silla para alcanzar los tres vasos sobre la bandeja. Los inspecciona cuidadosamente. El primero lo mira al trasluz para encontrar las huellas ámbar rojizas. El segundo lo olisquea hasta descubrir el aromático incienso. Y el tercero lo levanta para coger la olvidada moneda de oro. Tras meterla en el bolsillo, salta al suelo para impulsar su carrera por el pasillo al grito de: ¡Han venido los reyes magos!

Un hombre cualquiera sale de su escondite para interpretar una sorpresa que le devuelve a sus infantiles recuerdos de la mañana de Reyes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario