Un hombre cualquiera tiene la innata capacidad de toparse con humanos extraordinarios y hombres inconfundibles entre los veraniegos atardeceres sobre las Médulas y las otoñadas pintorescas de El Bierzo.
Las imágenes crean recuerdos, evocan lugares e inmortalizan personas. Esta afirmación define al retratista de vivencias. Y, la verdad, la vida es el instante en que un abejorro liba el aromático licor de una rosa. La vida es el punto exacto de maduración de las uvas entre los cuidados sarmientos. La vida es un fotograma de Marlon Brando en una mansión de gángsters. La vida es el vuelo de un cuervo sobre una novela de Edgar Allan Poe. La vida es una ola que te hace perder la visión que tenías hasta ese momento. La vida es…
Una botella de godello recién descorchada para conversar sobre lo divino y lo humano, lo inmaterial y lo artesanal. Y seguir hablando hasta que los fuegos artificiales se conviertan en estrellas fugaces sobre el Sil o que el amanecer asombre a la atalaya hecha de Encina. Al final las palabras imprimen álbumes sonoros de divertidas risas escandalosas, emocionados discursos volantes, el dulce tintineo de la cuchara en el tiramisú, el rasgado vuelo de una firma, el horripilante grito de una sirena varada, el bravo bullicio pantagruélico, el descansado silencio cacereño en la hora de la siesta, el taconeo de los hielos contra el jengibre, el baile de naipes en la partida, una graciosa nota desafinada en el karaoke o, por ejemplo, el presionado click de la cámara de fotografía para alcanzar la ansiada eternidad.
Y así un hombre cualquiera hace hueco en la estantería para nuevos álbumes que retratan lo inconfundible de los extraordinarios.
Y aquí se reúne lo inconfundible de los extraordinarios:
El tertuliano de las antípodas
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