sábado, 18 de octubre de 2025

Lo admirado de los encuentros

Un hombre cualquiera camina por la ciudad haciendo tiempo para encontrarse con una soñadora en pijama.

Los pasos acarician los adoquines con la delicadeza de mantener imborrables las huellas que nos han traído hasta aquí. Los kilómetros se evocan en recuerdos y los recuerdos se cuentan en kilómetros. Una peregrinación que siempre empieza y termina en ti. Un paseo en sueños que entremezcla calles, escenarios y jardines inconexos en la realidad, pero que el montador encajará perfectamente para evitar los saltos de eje y los fallos de racord. Un aroma a croissant recién hechos encandila hasta convertir las petrificadas conchas en un salado sonido de mar. Allí eres la calma, la tranquilidad de un amar que te libera al acompañar cada brazada. Allí eres la fuerza, la resaca de un amar que te abraza al sentir cada poro. Allí eres el todo, la inmensidad de un amar que te toma al activar cada sentido… Y, por encima de todo, el sol te ilumina, te refleja, te alucina sobre un mar de piedra. Una rítmica brisa resuena por calles y plazas para acompasar los agitados latidos del corazón que provocan las atalaya con alma de globo aerostático.

El aterrizaje se colorea por las vidrieras que cristalizan las diferentes miradas y que moran tras los horizontes. En los valles construidos sobre los dorados cimientos horadados por el fluido acuoso de la vida. Qué parte de la invernal nieve, se convierte en un goteo continuo que llena el regato y fluye hasta el amplio río. Arriba en el puente, las pinceladas te inmortalizan en un salto eterno al atardecer. Y, poco a poco, las estrellas tatúan el cielo entre la misteriosa oscuridad que rozan las rascacielos con la punta de sus cumbres. Y, entonces, nos reencontramos tras los quehaceres diarios que oxigenan y refrescan antes de habitar las paredes que se construyen en hogar.

Y así un hombre cualquiera se para en mitad de la ciudad para admirar a una soñadora en pijama.

domingo, 12 de octubre de 2025

Lo latido de los viajes

Un hombre cualquiera abre el álbum para que despeguen globos, bolboretas y aviones para alcanzar lo emotivo del calendario en octubre.

Algunas vueltas al mundo no solo duran 80 días, algunas vueltas al mundo solo necesitan de otra admirada mirada para viajar sin moverse, frente a frente. Sus pupilas reflejan lo luminoso de las bombillas, lo explosivo de los artificiales y lo fugaz de los deseos. Y el paisaje se alfombra con las otoñales hojas de vividas postales, que se extienden hacia los nuevos horizontes para visitar. Allí donde reseñar destinos y describir experiencias en el cuaderno de bitácoras. Justo al atardecer, cuándo los vuelos de los pájaros rojos arrebolan los cielos y los aviones de papel desean alcanzar Bagdad.  

Superando el vértigo, que te enseñan las horas de vuelo, la paleta del otoño despliega sus pinceladas con el ingrávido y noble vuelo del helio sobre los mapas. Paralelo al vuelo del heroico Starman que se convierte en invencible entre altos cirros y estratos. O, allí abajo, pilotando un “acolorado” 600 con una incansable brújula por vivir en felicidad perpetua. La única que atesoran los abrazos imprevistos sin reloj, los labios perfilados en carmesí y los sueños compartidos en pijama.

Y así un hombre cualquiera toma tierra, como cada 12 de octubre, para revolucionar los latidos de la felicidad.

domingo, 5 de octubre de 2025

Lo histórico de las lecciones

Un hombre cualquiera se encuentra en mitad del campo de batalla y los terroríficos tambores de guerra se percuten por los armados artilleros.

Las sirenas avisan de la previsión de los bombardeos, las trincheras se agazapan sobre el terreno y la vida intenta sobrevivir entre la sin razón y el odio. A pocos metros una radio da el parte. Suenan las señales horarias. El micrófono se engola para narrar que son las siete de la tarde del 18 de julio de 1936. ¡La guerra ha comenzado! Silencio y quietud. Nadie parece asustado, nadie pretende huir. Al revés, todos se quedan sentados sobre su butaca. La clase de Historia comienza. Se van materializando Queipos, Pasionarias, Yagües, Azañas, Calvos Sotelos, Generales Rojos, Molas, Largos Caballeros, Francos…Todos vuelven a habitar las miradas para representar la pesadilla bélica y para entender el cómo y el por qué de “lo otro”. Ese tabú que se fue diseñando, verbalizando y financiando durante los tiempos en que las moradas blandían los mástiles y el progreso se conducía desde los escaños. Y, poco a poco, en pleno día el cara al sol, verso a verso, va asombrando el calendario hasta golpear el estado liquido de las ideas, el gaseoso de las promesas y el sólido de los cimientos.

1936, cartel de Emilio Lorente 

Y después… se fueron sucediendo los horrores desde la marcial diestra hasta la descorazonada izquierda. Los anticlericales incendios de los conventos, las sangrientas corridas de Badajoz, los patrióticos guardianes de los alcázares, las inhumanas desbandadas de las madrugadas, los madrileños no pasarán, los experimentos mortíferos de Guernica, las encarnizadas batallas en el Ebro, los demoledores planes sobre Bilbao y, entre millones y millones de desgracias, los exiliados suspiros allende los mares. ¡Maldita guerra! Aquí o allá, al otro lado del Mediterráneo o a este, siempre lo mismo. El terror, el hambre y la destrucción. Edificios, vidas e ideas hechas añicos y enterradas con un máximo común denominador. Acabar a garrotazos con el enemigo para siempre. Pero, la memoria atesora los valores por mucha tierra que quieran verter sobre ellos. Y los campos, los cementerios y las cunetas florecen con los descendientes que preguntan, buscan y rescatan. Y las victorias de los libros no son tal cual se relataron por los sublevados y la amnesia de la Historia se cura con cada detalle que llena los vacíos, se enmarca en los retratos y se dignifica con los homenajes.

Y así un hombre cualquiera se pone en pie para aplaudir una clase de Historia que debería ser de obligado visionado por agitadores del odio, charlatanes de tertulia y, por encima de todos, a los que deben construir el mañana.