Un hombre cualquiera camina por la ciudad haciendo tiempo para encontrarse con una soñadora en pijama.
Los pasos acarician los adoquines con la delicadeza de mantener imborrables las huellas que nos han traído hasta aquí. Los kilómetros se evocan en recuerdos y los recuerdos se cuentan en kilómetros. Una peregrinación que siempre empieza y termina en ti. Un paseo en sueños que entremezcla calles, escenarios y jardines inconexos en la realidad, pero que el montador encajará perfectamente para evitar los saltos de eje y los fallos de racord. Un aroma a croissant recién hechos encandila hasta convertir las petrificadas conchas en un salado sonido de mar. Allí eres la calma, la tranquilidad de un amar que te libera al acompañar cada brazada. Allí eres la fuerza, la resaca de un amar que te abraza al sentir cada poro. Allí eres el todo, la inmensidad de un amar que te toma al activar cada sentido… Y, por encima de todo, el sol te ilumina, te refleja, te alucina sobre un mar de piedra. Una rítmica brisa resuena por calles y plazas para acompasar los agitados latidos del corazón que provocan las atalaya con alma de globo aerostático.
El aterrizaje se colorea por las vidrieras que cristalizan las diferentes miradas y que moran tras los horizontes. En los valles construidos sobre los dorados cimientos horadados por el fluido acuoso de la vida. Qué parte de la invernal nieve, se convierte en un goteo continuo que llena el regato y fluye hasta el amplio río. Arriba en el puente, las pinceladas te inmortalizan en un salto eterno al atardecer. Y, poco a poco, las estrellas tatúan el cielo entre la misteriosa oscuridad que rozan las rascacielos con la punta de sus cumbres. Y, entonces, nos reencontramos tras los quehaceres diarios que oxigenan y refrescan antes de habitar las paredes que se construyen en hogar.
Y así un hombre cualquiera se para en mitad de la ciudad para admirar a una soñadora en pijama.
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