domingo, 5 de octubre de 2025

Lo histórico de las lecciones

Un hombre cualquiera se encuentra en mitad del campo de batalla y los terroríficos tambores de guerra se percuten por los armados artilleros.

Las sirenas avisan de la previsión de los bombardeos, las trincheras se agazapan sobre el terreno y la vida intenta sobrevivir entre la sin razón y el odio. A pocos metros una radio da el parte. Suenan las señales horarias. El micrófono se engola para narrar que son las siete de la tarde del 18 de julio de 1936. ¡La guerra ha comenzado! Silencio y quietud. Nadie parece asustado, nadie pretende huir. Al revés, todos se quedan sentados sobre su butaca. La clase de Historia comienza. Se van materializando Queipos, Pasionarias, Yagües, Azañas, Calvos Sotelos, Generales Rojos, Molas, Largos Caballeros, Francos…Todos vuelven a habitar las miradas para representar la pesadilla bélica y para entender el cómo y el por qué de “lo otro”. Ese tabú que se fue diseñando, verbalizando y financiando durante los tiempos en que las moradas blandían los mástiles y el progreso se conducía desde los escaños. Y, poco a poco, en pleno día el cara al sol, verso a verso, va asombrando el calendario hasta golpear el estado liquido de las ideas, el gaseoso de las promesas y el sólido de los cimientos.

1936, cartel de Emilio Lorente 

Y después… se fueron sucediendo los horrores desde la marcial diestra hasta la descorazonada izquierda. Los anticlericales incendios de los conventos, las sangrientas corridas de Badajoz, los patrióticos guardianes de los alcázares, las inhumanas desbandadas de las madrugadas, los madrileños no pasarán, los experimentos mortíferos de Guernica, las encarnizadas batallas en el Ebro, los demoledores planes sobre Bilbao y, entre millones y millones de desgracias, los exiliados suspiros allende los mares. ¡Maldita guerra! Aquí o allá, al otro lado del Mediterráneo o a este, siempre lo mismo. El terror, el hambre y la destrucción. Edificios, vidas e ideas hechas añicos y enterradas con un máximo común denominador. Acabar a garrotazos con el enemigo para siempre. Pero, la memoria atesora los valores por mucha tierra que quieran verter sobre ellos. Y los campos, los cementerios y las cunetas florecen con los descendientes que preguntan, buscan y rescatan. Y las victorias de los libros no son tal cual se relataron por los sublevados y la amnesia de la Historia se cura con cada detalle que llena los vacíos, se enmarca en los retratos y se dignifica con los homenajes.

Y así un hombre cualquiera se pone en pie para aplaudir una clase de Historia que debería ser de obligado visionado por agitadores del odio, charlatanes de tertulia y, por encima de todos, a los que deben construir el mañana.

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