Un hombre cualquiera se despierta con la ilusión renovada y el rostro imberbe.
Afuera la niebla y el frío condensan de una acuosa ensoñación la ventana. Una reminiscencia consciente de otro tiempo y lugar o, quizá, es la repetición distinta, pero similar de las historias vividas. ¡Tic tac! El ritmo del reloj del pasillo se propaga por la casa. Un cuidadoso despertador que promueve la conciencia de la vida y del calendario. De repente, un pensamiento se apodera de la razón y los párpados abandonan el letargo con diurnidad y lealtad a la ilusión. Al mismo tiempo unos pasos en calcetines se acercan a la habitación: “Papá, ¡han venido los reyes”.
La calma se alboroza y el silencio se alarma. Las camas se vacían y la ilusión invade recovecos y estancias. Al levantar la persiana el árbol custodia los tesoros envueltos y enlazados. La claridad alumbra la desaparición de los víveres de agradecimiento para majestades y camellos. La familia se arremolina en la alfombra para abrir regalos y compartir la sorpresa que se activa al rasgar el papel y deshacer los lazos. Por un momento, el padre se fija en el espejo del mueble. Allí inmortaliza la estampa de la mañana de Reyes. Él se reconoce, a pesar del tiempo, en el niño feliz que le devuelve la mirada. También descubre en los ojos marrones y la melena castaña a la niña que juega junto a su hijo. Sin duda es un momento, quizá décimas de segundo, pero la mañana de Reyes nos rejuvenece e ilusiona, porque la mañana de Reyes está habitada por los niños que fuimos.
Y así un hombre cualquiera se despereza con su devuelta condición paternal y la áspera sombra de barba renaciendo en su cara.
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