Un hombre cualquiera recibe el nostálgico mensaje primaveral, dictado por el franqueo pagado y huérfano de puño y letra.
El sol de abril alumbra los paisajes de Los Ancares sin negras tormentas ni nubes oscuras agitando los aires. Cimas desgastadas y frescor primaveral. La matinal paz no desoye las terrenales raíces. Las que los uniformes adoquinaron con lápidas invisibles y que, llegan hasta hoy, desentrañando la pena de un largo y frío invierno. Deshielos invernales y floración en verticilos. Aún así, la vida esférica y fresca se posa sobre hojas y pétalos por el rocío de la mañana. Y, poco a poco, diluye el blanco y negro del pasado con el destilado morado de las banderas. Una invasión silenciosa que adorna y pinta las pendientes y cuestas con el republicano brezo rubio. Sus tonalidades visten laderas y reescriben los vacíos de lo asombrado de la Historia.
En mitad de la pradera, Violeta con su falda amarilla y su camisa blanca recolecta flores y brotes. Los envuelve con la misma y desgastada tela cada año. La misma que abandera a los caídos y que se iza con los valores que algunos intentaron enterrar. Pero, contra viento y marea, aquellas semillas germinan con el rumor de las proclamas de Riego y con la engolada entonación de Azaña, cuando la brisa de sus palabras hace blandir el calendario cada 14 de abril. Y sin saber dónde descansan sus familiares, la falda de Violeta ondea hacia las cumbres, flotando entre el brezo rubio, para acariciar las almas que hacen florecer al valle. Un valle regado por las lágrimas de los que les añoran y que les reviven en la memoria, como si nunca hubiera existido la sinrazón.
Y así un hombre cualquiera transmite el mensaje para corresponder a los que aún siguen esperando a la izquierda de las cunetas.
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