Un hombre cualquiera encuentra una fotografía por casualidad en medio del aburrimiento de navegar sobre el smartphone en el sofá.
La incesante inmediatez del mundo, a veces, te deja una pausa inesperada, un respiro tranquilo y un instante mientras los turistas se van. Quizás el tranvía acaba de partir o la casual orfandad de los pasos deja desierta la acera. Ahí construida sobre huellas invisibles, esa parcela de acera brota en una floristería. Unos llamativos cubos rojos. Un aroma a verde recién cortado. Y un toldo azul del Atlántico omnipresente. Los colores primarios se mezclan y agregan en el arcoiris del delantal que uniforma a Paulo con pacíficos galones.
Arriba. Un amarillento letrero grita en silencio: ‘Municiones abril’. Abajo. Un pelotón de rosas, claveles y margaritas apuntan sin piedad a las quince letras indefensas. ¡Alto! Los sinuosos pétalos estallaban en amarillos, blancos, corales y encarnados; colores amarrados a unos tallos disparados desde unos encañonados jarrones negros. ¡Fuego! Lo inmóvil de lo retratado se imprime en la memoria para no olvidar el 25 de abril.
Y así un hombre cualquiera carga la imagen para disparar al olvido.
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