Un hombre cualquiera dibuja unos puntos suspensivos para suturar con un intenso hilo argumental.
Un instante mientras los turistas se van… y las primeras luces de la noche se reflejan en charcos, brindis y pupilas. De hecho, la mirada directa de Jane al tungsteno amplia su iris de color caramelo, hasta convertir su pupila en un punto y aparte. Y nadie mejor que ella para reescribir su propio futuro en presente de indicativo. Más fácil de conjugar, sin jugar, al menos, con ciertas complicaciones. Así es como retoma la primera persona del singular, tras una pluralidad de pesados pasados. Un ahora, sin frases fingidas, ni dictados llenos de erratas. Parpadea para salir de su ensimismamiento colgado de la guirnalda de luces. Sentada en la terraza, vuelve a la realidad y se observa en las ventanas de la taberna. Y, entonces, advierte el brillo en su anular derecho al elevar la botella hacia sus labios. Su sed se espera y la botella retorna al posavasos de Guinness. Unos segundos eternos. Logra desencajar el anillo, que despliega un álbum de recuerdos en su memoria. Al liberar aquellos gramos de su dedo, un suspiro le confirma las toneladas que se quita de encima La madera de la mesa arañada de iniciales, corazones y fechas recibe extrañada un anillo huérfano de promesas. Al volver a coger la cerveza, la bocina de un taxi con la luz amarilla sobre su techo le asusta. La botella golpea al anillo. El anillo se precipita de la mesa. Y el efecto dominó desemboca en una alcantarilla sin vuelta, ni retorno.
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| "Instante", A. Arias Gallego |
Un instante mientras los turistas se van… y las últimas luces del día se enredan en el arrebol entre naranjas, púrpuras y rojizos. De hecho, la mirada de Helen se pierde en la ciudad que le rodea a los pies de The Shard. El horizonte se enviuda, la esperanza se pierde y el final se confirma. Así es como retoma la primera persona del singular, tras una pluralidad latente que colapsa en paro cardíaco. Un ahora, cautivo de recuerdos y exento de contigos contiguos. La inmensidad de un mar urbano le convierte en náufraga al deshacerse de su salvavidas dorado, que instintivamente lo convierte en una suerte de mirilla con la que buscar dentro del vacío. La creciente oscuridad consigue un efecto óptico que por unos instantes borra los márgenes de su visor. La más absoluta soledad le remueve por sus adentros. Las luces del despacho titubean certeramente para abandonarla entre sombras. Asustada pierde la fricción de las yemas de sus dedos y una secuencia de mortales perfectos clava su anillo en el fondo de la papelera. Ni siquiera intenta otear el punto y final a sus pies. El portazo al salir de su despacho resonó con la contundencia de la contraportada contra la última página de un libro, que jamás volverá a abandonar la estantería de la biblioteca.
Y así un hombre cualquiera hila los puntos que argumentan lo dibujado entre la hoja y el tintero.

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