Un hombre cualquiera celebra la amistad que madura desde la infancia y que perdura en el calendario.
Y en el cuaderno de bitácoras que sirve de mapa vital para volver a recordarse sin importar el número de décadas compartidas. El tiempo imprime creativas estampas cosidas por las manecillas del reloj. Una tortuga gigante entre pupitres recién estrenados. Un león llamado Felipe rodeado de poemas. Un barco lleno de cámaras para inmortalizar una ciudad con calles construidas de agua. Un huerto florecido de alegres girasoles en pleno verano. Una postal con acento italiano repleta de aventuras de la Dolce Vita.
Pero, además, los coloridos hilos repintan el sepia de las estampas con cada reencuentro. Un discurso adornado de lentejuelas para reflejar la felicidad. Una princesa rusa, Kira Romanov, bailando al ritmo del mismísimo Elvis. Un vestido blanco para anillar el futuro. Una acolchada carroza de pañales de regalo de bienvenida. Y, obviamente, una impuntual quedada, como si nunca pasara el tiempo.
Y así un hombre cualquiera no cuenta prendidas velas sobre la tarta, sino inolvidables momentos sobre la memoria.
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