Un hombre cualquiera observa el balcón de Gloria y María abanderado de arcoiris sin caducidad por el marketing y el calendario.
La ventana entreabierta emite las risas y el júbilo de Vera y sus mamás. Más allá del arcoiris parecen habitar los momentos que llenan el álbum de recuerdos. Y, también, un aroma de domingo a churros recién llegados de la glorieta de Marqués de Vadillo. Los que ha comprado María. En el salón le esperaba una sorpresa mayúscula. Gloria había dado un gran paso en su madurez. Le había legado a Vera su colección de peluches de Barrio Sésamo y formarían parte, a partir de entonces, del acolchado paraíso de cojines y muñecos de la habitación de Vera. Pero antes de facilitarle aquella valiosa herencia, han creado una performance en el salón para sorprender a mami.
Primero sentaron a los muñecos en el sofá por colores. Un pantone mullido en technicolor. Después Gloria le pidió a su pequeña que se fijará en la bandera del balcón. Y, por último, fueron cogiendo por las manos a los muñecos que compartían tonalidad. Rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado. Al conseguirlo ambas se miraron y se rieron cómplices de aquel izado improvisado de valores. El cascabel del llavero de mami les advirtió de su llegada y se sentaron a cada lado de los muñecos con la preparación necesaria para gritar: ¡Sorpresa! María, asustada por el vocerío abrió los ojos y se abrazó al engrasado desayuno dominical. Unos segundos para observar y entender lo que sus ojos tenían frente así. Los conceptos fueron encajándose. El regalo a su hija, el recuerdo a su lucha y el futuro a su presente. Libertad, igualdad y fraternidad.
Y así un hombre cualquiera reduce sus prisas para imaginar las vidas que abanderan balcones con el izado de arcoiris.
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