lunes, 30 de junio de 2025

Lo concedido de los deseos

 Un hombre cualquiera desenvuelve la bandeja con la tarta, la corona con las velas y enciende los anhelos por alcanzar.

Al final del pasillo el bullicio se vuelve jolgorio ante la llegada del pastel. Las velas se reflejan en los deseos de sus acuosos ojos. Una llama que arde hasta teñirse en su mirada de miel. Dulce, florida y aliviante. Una desafinada coral pone su empeño por la causa. Y tras los aplausos… el silencio. Ojos cerrados. Mirada al interior. Y un soplido lento y pacífico convierte las llamas en fumata blanca. Deseo concedido, sin fecha, pero sin pausa.

Lo redondo de la cifra de las velas descansa entre sus dedos, que aún notan los rescoldos del incendio. Ella sabe que esa es una buena señal. El fuego purifica, hace renacer y da fuerza para disfrutar. Los iniciales acordes que emanan del altavoz le permiten observar unos segundos. Mientras los invitados danzan y ríen de una felicidad en un presente plural y en directo. Una suerte de tenerles y de que le tengan en sus vidas.

Y así un hombre cualquiera retrata lo celebrado entre sueños y pijamas

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