martes, 24 de junio de 2025

Lo ansiado de las señales

Un hombre cualquiera escribe sus deseos con buena letra y con fecha de caducidad.

El fuego se agazapa en el bolsillo. La madera se apila en el suelo. Y el atardecer se anochece en el horizonte. Todos acuden con el ansia de la tradición. Y, en concreto, el joven Juan acude expectante y nervioso con sus deseos manuscritos y sus esperanzas palpitantes. Los sueños de las próximas noches de verano dependen de la magia que emane de lo que hoy ocurra.

Las pupilas reflejan el chisporroteante encendido de la hoguera, que acalora el ambiente y prende la mecha de lo deseado. Lo flambeado de la llama se calma por unos segundos, hasta que la madera se envuelve en lo purificador del infierno. El angelical rostro de Juan, barbado para disimular los años e inocente ante la frontera de la madurez, disimula con una sonrisa el tembleque de conseguir sus aspiraciones. Al otro lado de la anaranjada lumbre, su deseo se materializa en una melena rubia, una geografía curvada y una azulada mirada en la que zambuillirse. Aquella señal le hace a Juan rebuscar su deseo redactado para arrugarlo antes de quemarlo. Casi sin alcanzar las ascuas, la llama devora el deseo para purificarlo en ceniza y humo. Al alzar su vista al frente, sus miradas se conceden su primer amor de verano. Acalorado, imborrable y frugal.

Y así un hombre cualquiera lee lo incaducable de la eternidad con una letra ilegible.

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