domingo, 17 de agosto de 2025

Lo devastado del paisaje

Un hombre cualquiera se postra al el inhóspito paisaje y cubierto por un macabro confeti de ceniza.

Las briznas negras precipitan en una triste lluvia de lágrimas y cenizas. El ambiente está cargado de un humo agobiante que anuda la garganta y enrojece los ojos. Y después el perfil del horizonte se enluta, no por el contraluz del atardecer, sino por la huella del fuego. El verde se ennegrece. El agua se enturbia. La vida se muere. ¡(casi) Todos contra el fuego!

Monte arriba, bien alto, la atalaya se empodera al observar el todo. En el vacío de la nada, una moqueta de tizón y carbón acoge, entre rescoldos y ascuas, una larga mesa de castaño barnizado. Su brillantez le convierte en espejo del grisáceo cielo, de los borbotones de humo, de los ocupantes de las sillas y lo más importante de los respaldos de las sillas sin dueño. La silla presidencial se encuentra huérfana de cuerpo, por vacaciones, y de alma, por sin razón. La silla del consejero se quema por la incapacidad de su propio dueño. La silla de la UME sirve de descanso para un rostro cansado y tiznado de lucha. La silla del alcalde se encara de rabia, impotencia y cabreo. La silla del paisano es incapaz de sostener la tristeza de unos ojos agotados de llorar las pérdidas. Y, sobre todo, al girarse hacia la silla del voluntario cuya alma se escapa de las yemas de los dedos entre el invisible subir del humo. ¡Gracias!

Y así un hombre cualquiera se queda sin ánimo ni fuerzas ante la devastación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario