Un hombre cualquiera encuentra una desubicada necrológica en la sección de descubrimientos.
Al borde del altar dos flores desenfundan su vistosidad y petulancia, desde sus espigados tallos como una marca natural del mapa del tesoro. A un lado una flor de lis blanca radiante se erige desafiante, ante un anaranjado tulipán voluptuoso en guardia. ¡CLÓN! ¡CLÓN! ¡CLÓN! La reverberación de las tres campanas de la torre hacen moverse levemente a los ornamentos florales. Un duelo de sobremesa, al tiempo que el silencio del equipo de arqueólogos resuena desde el interior de la tumba del altar mayor de la iglesia de Sint Petrus en Pauluskerk en el barrio de Wolder de Maastricht
Por fin, el arqueólogo Wim Dijkman encuentra los huesos que tan ansiosamente había buscado durante prácticamente tres décadas. Se coloca las lentes para cerciorarse de lo que estaba viendo. Primero alcanza a ver el deterioro del cuello, lo que explica la mortífera bala de mosquetón. Cómo consecuencia del descubrimiento, un respingo le hace perder el equilibrio y su mano izquierda tiene la suerte de encontrar una dorada moneda de cara con la efigie de Luis XIV. La emoción brota de su lagrimal para surcar su satisfecho rostro. Entonces, se ergue. La mano derecha se eleva hasta el corazón y se cuadra, cual mosquetero, ante los restos de Charles de Batz de Castelmore. Después de más de tres siglos, tras el asedio a Maastricht, D'Artagnan ha sido encontrado. Y tres repiques de campana dan mayor solemnidad al momento; sobre el cielo tres estelas se entrecruzan en el azul del firmamento, quién sabe si el último servicio de Athos, Porthos y Aramis.
Y así un hombre cualquiera declama “uno para todos y todos para uno” al cerrar el periódico.
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