Un hombre cualquiera acude con bañador, toalla y crema a la piscina.
El jaleo de chapoteos, chanzas y chapuzones se extiende sobre el desierto de toallas bajo el sol. Y a unos escasos metros, el espejismo se liquida sin genios, ni maldiciones. Un escenario estival ajeno a las prisas del día a día, que se salpica con instantáneas de saltos, brazadas y flotadores. En medio de la postal vacacional, la nadadora observa el ecosistema acuático, mientras se dora al borde del bronceado bordillo. El collage de movimientos le convierte en una fotografía fija, a partir de su mirada tranquila y el gesto relajado. El agua se mimetiza con su acuario interior. Una pecera cada vez más transparente, donde lo colorido de los peces alegran las sonrisas de los que la miran y su alma se alimenta de las sonrisas que recibe.
Y sobre la superficie… la nadadora imagina nuevos caminos con flechas amarillas, perdiendo el moreno de su melena por el colorido corte a lo gar¢on. Más que un peinado, una declaración de intenciones para fortalecer las líneas rojas, eliminar la encarnada vergüenza por pasos al frente y enmarcar entre sus rojizos labios las ideas que palpitan por sus pulsos. Sin previo aviso, se levanta firme y decidida. Los escalones reciben la credencial de sus huellas peregrinas, hasta alcanzar la cumbre del tobogán. Valiente y segura de sí misma, se sienta, toma aire y se lanza… al salir de las profundidades su mirada se observa más experimentada y la sonrisa se dibuja más vivaz.
Y así un hombre cualquiera se seca y se va de la piscina con la energía renovada y el ánimo reconfortado.
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