Un hombre cualquiera se encamina a la pradera con chaleco, parpusa, barba canosa y un clavel ajado en la solapa de la mano de sus chulapas.
El autobús urbano avanza por la avenida a reventar, como los pétalos de un clavel carmesí en mayo. Los cuatro gatos se acompañan de felinos ibéricos y de ultramar sin diferencias por color de piel, religión o sexo. Al llegar a la parada de la plaza de Marqués de Vadillo, el organillo se fusiona con el autotune y los ritmos del K-pop. La cultura castiza se hereda o se aprehende por osmosis con la parpusa o por los pasos amateurs de un chotis. El jolgorio chulapo vibra bajo los pinos, los banderines y los toldos de los puestos de listas y tontas. Allí, Manuela atiende a los clientes. Elegante con lunares en su vestido, florida con clavel entre sus canas y feliz de sumar un cartel más a su colección. Siempre con su Mercedes en el recuerdo. Junto a sus listas y tontas ha colocado el cartel del Señor Llama (adaptado a su edad, como dice entre risas) con el horizonte de las Vistillas. Una imagen similar a la que tiene Paco, mientras fotografía a Almudena y Victoria a la vera de la Violetera. Aunque hoy debería llamarse excepcionalmente la “Clavetera”, porque cuenta con un ramo de claveles que un fan anónimo le ha regalado. La instantánea de madre e hija se la enseñaran a las abuelas y abuelos de la residencia a su vuelta a Vallecas. Este año la fiesta la celebrará con la familia de mayores en el turno de tarde.
Antes de que la tarde se llene de sobremesas y siestas, Lili y Néstor se hacen sus últimas fotos de boda en la Plaza Mayor. Un amigo fotógrafo les ha regalado un reportaje castizo, tras las nupcias en la víspera de San Isidro. Con la ayuda de un dron la pareja posa con un apasionado beso, rodeados de parejas en movimiento bailando un chotis y hasta Felipe III sonríe de soslayo. Tras está última foto, se retiran a descansar junto a Rocín y Flaca que ayer portaban los anillos y allí prepararán las maletas para la luna de miel en las tierras del tatuado chulapo. Seguramente que en su camino de vuelta a casa se cruzarán con la pecosa Gloria y la sonriente María, que van de camino al Matadero. Deben cumplir con la promesa hecha a Vera de llevarle una rosquilla a Mafalda, que desde hace unos meses habita junto a la Casa del Lector. La sonrisa de la pequeña al acercarse a la heredera de Quino contagia a sus madres, sorprendidas porque alguien cubrió la cabeza de la estatua con un pañuelo blanco y un clavel rojo
Y así un hombre cualquiera se inmortaliza con la emperatriz berciana y la heredera del imperio con el recuerdo de los amigos de siempre de la pradera.
Inspiración castiza con Mercedes deBellard
¿Te acuerdas de otros San Isidro?
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