Un hombre cualquiera admira a las vividas amistades que sobreviven al tiempo.
Las manecillas del tiempo atesoran los recuerdos, encalan las sienes y enraízan las mandrágoras. Lo místico de las logias y lo humano de los encuentros abarcan los bocetos de la nueva publicación. Entre ordenadores, faxes y plantillas, la redacción recrea un juego de niños. Allí, sus rizos azabaches se esculpen con el calculado Pantone que administra el tintero. Gota a gota, su estilográfica gestiona valores añadidos o añade valor a las gestas escritas. Y sin despeinarse más de lo habitual, entre cifras y letras, ha cuantificado y cualificado su cuaderno de bitácoras para alcanzar nuevos horizontes. De hecho, su mirada hace reverdecer las anécdotas entre los poemas de León Felipe y las novelas de Carmen Martín Gaite. Su pensamiento crítico ha negado los altivos cielos sobre los madroños. Su habilidad conversadora ha sobrevolado el rítmico giste del Blues. Y su inestimable compañía se siente incluso allende los mares de Castilla.
Allí, sus atornillados rizos son resorte e impulso para inspirar las hojas en blanco. A salvo de las deseosas llamas que iluminan en pleno julio y lejos de una redacción, donde ayer se enseñaba a escribir. Allí sus infinitos rizos recuerdan a los cables de teléfono a los que llamar en caso de urgente necesidad o de calmado entretenimiento.
Y así un hombre cualquiera afirma que el tiempo aviva la supervivencia de las amistades.
No hay comentarios:
Publicar un comentario