viernes, 18 de julio de 2025

Lo victorioso de la derrota

Un hombre cualquiera descuelga el amoratado calendario con las historias escritas en rojo ayer. 

El mercurio de los termómetros se había atrincherado en una fiebre crónica. El pacífico ayer se asombraba por un oscuro mañana. Negras tormentas agitan los aires. Eso sí, de puertas hacia dentro en el presente, la única batalla que interesaba, era la batalla que esperaba alumbrar una Victoria rubia y de ojos verdes, como la verde albahaca. ¡Gritos! Llegaba de nalgas. Gasas, sábanas blancas, más agua caliente e higiénicas palanganas de porcelana acudían solícitas por aquel pasillo alto, encalado y larguísimo. ¡Silencio! Y el padre que no llega. ¡Más gritos! Y la criatura que se hace de rogar. ¡Dolor! Y la madre… preocupada, porque una madre se preocupa antes de llegar a tener a su hija entre sus brazos.

En el salón, el abuelo llama al ayuntamiento para alertar a su yerno de la cercana Victoria y, sin saberlo, para que le alerten como suegro de la lejana derrota. Se le hace un nudo en la garganta. Aún no habían rapado a la señá Cibeles y aún el morado se izaba contra el sol de cara. ¡Dolor! Y la madre sin saber nada. ¡Más gritos! Y la criatura que se desespera. ¡Silencio! Y el padre… ausente, porque un padre se ausenta después de partir sin tener a su hija entre sus brazos. Allí, en el despacho, el concejal de alma presente y aquí, el padre, en su alcoba, de cuerpo retratado. Él estaba atento desde aquella foto en la mesita de noche. Elegante de corbata lisa, con bigote prominente, alegría proclamada y hasta peinado hollywoodiense. ¿Quién le robó el mes de abril? El último empujón cerró la puerta de su despacho por última vez y el primer pestañeo despertó a la niña de sus ojos por vez primera.

Y así un hombre cualquiera se entristece con el aterrador eco de algunas fechas del calendario.

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