Un hombre cualquiera observa curioso el escaparate de la Estafeta abanderado entre el verde pamplonés y la tricolor francesa con el bordado rezando San Fermín y 14 de julliet.
El calendario se viste de un festivo rojo dominical con la alegría huérfana de despertadores, la anecdótica sobremesa con aroma a paella y el atardecer con el esperado horizonte de una semana por vivir. Además, Amelie y Edith apuran el bocadillo antes de habitarse de blanco con pañuelo encarnado al cuello. Y con la promesa de mamá de dibujarse la tricolor sobre su rostro antes de encaminarse a la última noche de San Fermín. A punto de salir, Fermín aparece con unas copas con un refrescante champín para brindar por la patria chica, por la libertad, la igualdad y la fraternidad.
El reloj del ayuntamiento empieza la cuenta atrás para el ‘pobre de mí”, mientras la familia de Fermín y Margot toman posiciones con el alma de los sans culotes para la batalla. La última jornada de fuegos de artificio comienza a iluminar la ciudadela con las artificiosas estrellas fugaces para ilusionar a grandes y pequeños. El estruendo de la traca final se acompasa con los agitados corazones, nerviosos y ansiosos por entonar el final de la fiesta entre abrazos de propios y extraños.
Y así un hombre cualquiera entiende que los abrazos son el mástil donde se blande el verdadero sentido de la vida.
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